Es de madrugada, llueve, y hay poco ruido. Fuera de la lluvia que pega contra mi ventana, todo parece callar. Miento, no todo. He escuchado algunos carros pasar por la calle. Pasan partiendo el agua sin cuidado alguno. Pero nunca les presto atención. Ni siquiera trato de imaginarlos. No tiene caso. Son vidas que no me pertenecen. No deben importarme. Sin embargo, a veces no puedo evitar preguntarme qué es lo que pasa allá afuera, cuando no estoy yo. Cuando ni yo mismo me encuentro. En noches como ésta, no soporto el silencio. Es tan inmenso… Así que termino refugiándome entre canciones. Me ayudan a sobrellevar las horas.

Siempre ha sido así, desde niño. Entonces, solía pasar madrugadas enteras pegado al radio (​así lo sentía, pero seguramente me dormía antes de la medianoche​). Fue mi primer compañero de soledades. Debo admitir que nunca le temí a la oscuridad, más bien era a su silencio, que todo agrandaba, lo que me preocupaba (​aún me pasa​). Para mí, era una maravilla aquel radio-televisor de 13 pulgadas, que estaba junto a mi cama. Era mi única escapatoria a la soledad nocturna. Lo encendía cuando me sentía totalmente abandonado y escuchaba la única estación que sonaba a esa hora, o la única que llegaba a mi pequeño transmisor: la llamada ​LG La Grande​. La recuerdo bien porque nunca fallaban en decirlo al recordarnos cuantos minutos le restaban a la hora. Así fue como descubrí mis primeros boleros, orquestas, sintetizadores y las tantas primeras palabras que no entendía.

 

 

Me gusta recordar aquellas noches. Esos instantes sonámbulos de ilusiones desconocidas inventaron mis primeras vigilias y sobre todo mis primeros amores. Desde entonces en momentos de descubrimientos grandiosos, me sigo imaginando junto a aquel radio. Es así como descifro y acepto cuando se han enganchado al corazón. Pocas veces ha ocurrido. Los más decisivos ocurrieron cuando llegó Esperando Nacer de Serú, Mi Último Fracaso de Los Panchos, y El Enemigo de Spinetta, por recordar algunos. Momentos verdaderamente sublimes. Anclados a tantos recuerdos, que por momentos se me confunden las emociones, pero nunca delirios. Esos me encuentran siempre y me llevan a la misma oscuridad.

 

 

Hace tiempo, mientras manejaba en otra noche lluviosa, la amiga que me acompañaba me arrojó un “escucha esto”, tan temerario que no tuve otra opción. Sonó ​Déjate Llevar​ que me dejó con una alegría que no necesitaba ni buscaba en ese momento. Llegó después ​Basta Ya​. Escuché una guitarra serpenteante y una voz de terciopelo, tan nostálgica y sensual, que me pedía entregarle mi amor, mi alma… hasta perder la sanidad… otra vez. Me pareció un intercambio justo. Esa voz merecía todo lo que yo no sabía que quería darle.

“​Son The Marías, de Los Ángeles​”, me dijo. Tanto el nombre como su escondite, me parecieron los propios. Tan místicos y misteriosos como la música que escuchaba. Los fui conociendo poco a poco, a ratos, de noche y por un par de meses. Descubrí que son un cuarteto, una voz femenina, un romance, una psicodelia atmosférica, un funk desmenuzado y un sueño de madrugadas.

 

 

Para mi fortuna, al poco tiempo de descubrirlos, nos entregaron el ​Vol 2​ de su ​Superclean​ y con él, el hechizo fue total y despiadado. Sonó primero ​Ruthless​ que desde el teclado inicial rompe la ansiedad de la expectativa con un coqueteo cadencioso, que estoy seguro debe ser banda sonora de alguna caricia. Así, desde la primera de las seis canciones, nos sumergimos en un jazz psicodélico, con tintes de soul y solos de trompeta; tan derretibles, que deseamos que la noche nunca termine… para no parar de bailar. Le sigue ​Cariño​, con su plegaria de amor a quien tenga la valentía de no soltarse, bonita encrucijada. Pero vaya, al final eso es lo lindo de estas canciones. Son una emboscada perfecta. Aparentan una sencillez casi inocente, pero que en realidad es mentirosa y violenta. Nos atrapan cuando menos lo esperamos. Simplemente de pronto, en algún momento, decidimos seguir una guitarra que parece tan escurridiza e inofensiva como el humo que escapa de unos labios a punto de besar; y de repente, sin darnos cuenta, nos descubrimos en un eco de deseos del cual no podemos, y esto es lo más bello, y ya no queremos huir.

 

 

Y fue justo al adivinar esta disyuntiva, que reconocí que esa noche ya la había vivido, que ya no había silencio, y que me encontraba nuevamente junto a mi radio en la oscuridad. Pobre corazón mío, nuevamente estaba encantado. Sonó ​ABQ​ y soñé despierto. Al llegar a ​Over the Moon​, yo ya no tenía los pies en la tierra. Agradezco tanto canciones así, tan sinceras que me permiten simplemente sentir, sin sobre pensar las cosas. Supongo que fue lo que amé de aquellas primeras noches de música. No era necesario entender. Solamente me dejaba llevar. Ha pasado tanto tiempo y sin embargo, sin aquellas noches no habrían existido tantas otras, ni siquiera ésta en donde me atrevo a hacer mías las canciones de The Marías. Las mismas que me han hecho descubrir oscuridades maravillosas: una calle solitaria, una habitación vacía, una plaza al amanecer, una mano que tiembla, un beso que sabe morder. Es ahí cuando te das cuenta, que ya estás sobre la Luna.

 

 

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