“La Muerte para nosotros siempre es una contradicción existencial porque aparece como amiga y como enemiga, como deseada y como temida, como premio y como castigo, como fin y como principio, nos habla de finitud y también de eternidad, es fuente de dolor y también de paz”. (Alfonso Reyes Zubiría).

El párrafo anterior es un fragmento de un texto de Alfonso Reyes Zubiría, él fue el primer tanatólogo mexicano discípulo de Elizabeth Kubler Ross, la iniciadora de la tanatología moderna. Así vemos a la muerte, de acuerdo a la circunstancia en la que estemos o a nuestras creencias.

Hablar de la muerte se ha convertido en un tema tabú, ha perdido su naturalidad gracias a los avances de la ciencia. Antes las personas morían en casa y toda la familia participaba desde limpiar el cuerpo, vestirlo, velarlo y enterrarlo.

Elizabeth estuvo en los campos de concentración donde estuvieron recluidos los niños antes de entrar a las cámaras de gas. Ella encontró que ellos habían tallado mariposas en las paredes pero no entendió por qué.

Después de haber acompañado a miles de moribundos que morían algunos segundos o minutos, comprendió que la muerte es el mismo proceso de la metamorfosis de la mariposa. Ella confirmó que la muerte es el inicio de una nueva vida.

Hay un estudio de estadísticas de 100,000 personas sobre el proceso de muerte.

En vida, hay consciencia de muerte, aunque es inconsciente, hay personas que comienzan a arreglar papeles, a hacer su testamento, expresan qué quieren cuando ellos mueran aún si son jóvenes, compran su paquete funerario, etc. Cuando sucede esto, lo que pensamos es que atrajo a la muerte, pero no es así, su alma sabía que pronto se iba a ir aunque estuviera sano.

Si la persona está enferma, no queremos que el médico le diga el diagnóstico si éste es fatal y evitamos hablar de la muerte porque pensamos que se va a poner mal o se va a deprimir. El paciente lo sabe, su alma sabe que pronto va a emprender su viaje y ese silencio mutuo se convierte en el complot del silencio y esto lamentablemente impide que puedan hablar de tantas cosas para que el familiar se vaya tranquilo y la familia se quede en paz.

La otra parte es que hay mejoría pre-mortem, el paciente puede estar inconsciente, en coma, débil, no come y de repente, está mejor, despierta, tiene buen ánimo y pensamos que se va a reponer. Pero no es así, de repente se complica y fallece. Esto es un regalo divino, es una oportunidad que nos dan para despedirnos.

Cuando inicia el proceso de muerte, nadie muere solo, comienzan a ver a algún tío, mamá, abuelo, Jesús, ángeles o en quienes ellos crean y lo que pensamos es que ya están alucinando. No es verdad, vinieron por ellos, hay que creerles.

Luego, se conectan con otros, van y se despiden de algunas personas a través de sueños, de que la otra persona percibe su presencia o se acuerda de él.

No hay dolor y sienten mucho amor, tanto que no quieren regresar, se quieren ir y por último ven la luz.

Estos pasos del proceso de muerte los he vivido, con mi hija y con niños con los que trabajé en una asociación de niños con cáncer.

Está el caso de Panchito, un niño de cuatro años, estaba con su abuelo, su papá había muerto cuando era un bebé. A Panchito lo mandaron a cuidados paliativos y un día comenzó a hablar con “alguien”, el abuelo le preguntó, —¿Con quién hablas, Panchito?— responde: —Con un señor que quiere que me vaya con él, pero no lo conozco—. Seguro que era su papá. Pasó un rato y nuevamente comenzó a platicar con alguien, el abuelo vuelve a decir: —¿Ahora con quién hablas?— a lo que Panchito respondió: —Shhhh, no me interrumpas, estoy hablando con Jesús, Él dice que me voy a ir con Él y que Él me va a cuidar—.

Ojalá comencemos a ver la muerte como lo que es, natural, y aprovechemos para expresar todo lo que necesitamos decirles a nuestros seres queridos, después de su trascendencia, hay mucha diferencia en la manera de vivir el duelo.

Este mes de noviembre celebramos a la Muerte, recibamos a nuestros seres queridos con mucha alegría porque ellos viven, en otra dimensión y en nuestro corazón.

Por: Yvonne Bulnes

Tanatóloga

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