Durante su concierto en Chicago el pasado 4 de diciembre, Draco Rosa detuvo el tiempo para vernos a los ojos. Sin necesidad de música, sin mascullar palabras, sin que le temblara la voz, nos cantó al oído. En ese momento el recinto seducido completamente por una oscuridad azul parecía solitario, y casi peligroso para cualquier mortal. Debe ser complicado ser poeta y pararse en el escenario con tanta honestidad. Así, al borde del abismo y junto al micrófono, nos contó sobre sus canciones, sobre su Monte Sagrado y sobre la incertidumbre en la pasión. Después, con una soberbia elegante y envidiable nos cantó Vagabundo y se fue. No mentiré, nos dolió a todos. Es tan triste ver un escenario vacío; más cuando el fin es tan abrupto. Pero así es el rocanroll… es pasión pura, todos lo comprendimos irremediablemente. Sabemos que en la industria musical hay más que guitarras sobre el escenario.

Asistir a un concierto es una encrucijada bastante feroz. Fuera del delicioso ataque sensorial que esperamos encontrar, hay una posible apuesta emocional que es casi inevitable. Nos abandonamos en un mar de suspiros y de sudor que convierten a toda canción en una plegaria de ilusiones, de recuerdos, de vidas no vividas, de sueños truncados o de amores escondidos. Levantamos la voz como si fuera nuestro el micrófono y cantamos todas las canciones aunque olvidemos la letra. No hay pena que valga, seguramente el de junto tampoco se la sabe. Entonces gritamos más porque es bonito y necesario romper el silencio que nos ahoga la garganta. Después viene el baile, y esa es una aventura aparte que es casi indescriptible. Pero si el corazón tiembla, las piernas deben obedecer. Más que una celebración, es un sortilegio de la vida. 

…Y eso fue justo lo que vivimos cuando Robi llegó al escenario aquella noche de diciembre. De inmediato se robó todos los silencios y fuimos suyos. Sonaron los rasgueos de guitarra tan crudos de su Monte Sagrado. Su disco más reciente y que entona un rock que había sido suavizado en sus discos anteriores. Si bien nunca dejó de ser rocanroll, sus canciones un tanto intimistas de Amor Vincit Omnia (2009) y de Vino (2008) son el contorno a una actitud agrietada, áspera, y vehemente que se presiente en 2nite, 2nite y Que Se Joda el Dolor, dos de sus nuevas canciones y que sonaron en el Thalia Hall. Cada movimiento de Draco era preciso, pero no ensayado, más bien inspirado en la violencia del momento.

Todo era galardonado con cánticos y gritos desde el público, el cual era mayormente puertorriqueño y le hablaban como si fueran primos. El Sr. Rosa siempre respondía, fue divertido. Pero junto con los cariños llegaron también las peticiones, las cuales parecían más exigencias disfrazadas. A lo que el escritor de Roto por Ti respondió con una petición de calma, ya que esa noche, no sería como un concierto plasmado de éxitos obvios; y cumplió… a medias. Llegó Roadhouse Blues, Delirios, Llanto Subterráneo, Brujería y Vagabundo. Tema con el cual terminó el encanto y la realidad. Tantos sueños angustiados atrapados en un palmar de canciones. Por unos segundos regresé a los andenes vacíos y solitarios de las terminales de autobuses de México. Vaya encanto el de Draco, cuántas historias habrá provocado sin él saberlo. 

Cuando abandonó la tarima, la brujería de su poesía había sido magnífica hasta el momento. Pero la noche terminó justo como inicio: con nuestro deseo de escucharlo. Por más linda que haya sido la presentación, fue terriblemente corta. Tal vez necesitaba las palabras que nos negó para convertirlas en nuevas canciones; pero es que nosotros también las necesitamos para cantarlas. Fue triste regresar al silencio del cual habíamos escapado, no estábamos listos. El sortilegio fue incompleto. Intentemos nuevamente en algún otro concierto, pronto espero. Nosotros merecemos esas canciones, así como tú mereces los aplausos. ¿No lo crees, Draco?

Por: Víctor Garcés

Fotografías y texto

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