Al llegar a Aguas Calientes, la comunidad más cercana a Machu Picchu, existen dos formas de subir a la legendaria ciudad. La primera se limita a pagar 40 dólares para que un autobús te suba y baje de la vieja montaña: un recorrido con aire acondicionado e inodoros limpios que no demora más de veinte minutos, y si bien te permite llegar hasta la residencia de descanso de Pachacútec (y disfrutar de su complejo sistema fluvial) sin arrojar una sola gota de sudor, queda la sensación de fracaso, el malestar de no haber disfrutado la experiencia en su máxima expresión, o por lo menos eso me dijo una youtuber paraguaya con la que colaboré en la cima de la montaña. Gajes del oficio de los que no me puedo sentir orgulloso, aunque puedo asegurar que su belleza no tuvo nada que ver con que decidiera ayudarla.

AlexiaTV envidiaba el sudor y las muecas de fatiga que se habían acumulado en mi rostro durante mi caminata de tres horas por las escaleras que llevan al cielo; adjudicaba que se había ido por el camino fácil por las recomendaciones de familiares que ya habían visitado las ruinas, restando valor a la imagen que ella misma se tenía de viajera. Su cuerpo de un metro sesenta moviéndose con curiosidad ante cada roca bien colocada, el mío más lento pero igual de emocionado. El cansancio me hacía apreciar pequeños detalles como las chozas colocadas a niveles, permitiendo el crecimiento de espacios verdes.

Después de casi cuatro horas de recorrido y grabaciones superficiales al puro estilo de Luisito Comunica, pero mucho más cutre, Alexia dejó varado su autobús de regreso y me acompañó en caída libre hasta “la civilización”, soportando el dolor que se acumulaba en nuestras rodillas por el impacto de los pies al caer por esos cuarenta centímetros de escalón. Cada quien se fue a su respectivo hostal, aunque volvimos a coincidir en las aguas termales.

Esta primera forma es la más práctica y por ende la preferida de los turistas gringos con sobrepeso, fanáticos de las camisas hawaianas, insípidos viajeros con plan de internet ilimitado que dan preferencia al punto de llegada más que el sacrificio del trayecto. Ellos son ajenos a la amargura de lo inmerecido y piden hamburguesas con queso en los restaurantes tradicionales.

La segunda implica llegar a Aguas Calientes tres o cuatro horas antes de tu reservación (mínimo), buscar el sendero más grande y seguirlo. La experiencia puede iniciar desde la hidroeléctrica a 15 kilómetros de distancia de Huayna Picchu —el último tramo de escalones para llegar al Templo de la Luna, famosos por estar al borde del precipicio, razón por la cual también se les conoce como Las escaleras de la muerte—, siguiendo las vías de tren que se rodean de: una extensa vegetación, túneles de piedras y el agónico chillido del tren que advierte a los viajeros alejarse de los durmientes de madera para no morir.

El soundtrack es el sonar del río y el trino de los pájaros. Los últimos 1,760 metros se anteponen en forma de más de 1,600 escalones de piedra, sumergidos en una selva que no hace otra cosa que sofocar el ambiente, obligándonos a quitar nuestras prendas conforme subimos el coloso de piedra. La boca llena de hojas de coca para no caer ante el mal de altura y el cuerpo llevado al extremo por ese calor de diez grados, aliento de la naturaleza. El espíritu se renueva con los viajeros que van de regreso y junto a una palmada en la espalda te animan: Vamos, tú puedes; come on, you can do it; Allez, tu peux le faire; Vamos, lá você consegue; Dai che ce la fai; Komm schon, du kannst es; Venu, vi povas fari gin. Y todas las lenguas del mundo unidas en un canto de posibilidades: en una inyección de dopamina que saca una fuerza desconocida hasta ese momento.

En los últimos cien escalones, sólo serás una masa de carne que se mueve por la inercia del deseo de ver las ruinas de un imperio que cayó ante la gracia de Francisco Pizarro. ¿Dónde quedaron los huesos de Atahualpa?, preguntan los incas que han soportado la historia del blanco. Con el cuerpo frágil de fideo verás la punta de la montaña tomar la forma de una ciudad que se oculta en la niebla y las nubes, recorrerás los callejones petrificados y los templos carcomidos por el tiempo que aun guardan agonizantes viejos cánticos religiosos a la Pachamama, que da vida a la tierra, y a los antiguos emperadores cuyos nombres nunca fueron escritos. Lloverá y verás cómo las canaletas y desniveles se llevan el agua haciendo llorar a la montaña, saldrá el sol invitando a salir a las llamas y pájaros cuya descendencia quedó atrapada en el tiempo y pueden presumir que sus ancestros vieron a Pachacútec nacer, reír y llorar. Por debajo de las chozas llegarás a espacios abiertos al precipicio donde observarás, con una mezcla de respeto y miedo, las montañas hermanas contando cuentos de la eternidad y en ese momento te darás cuenta que nuestra existencia, en ese momento, sólo es producto de la casualidad, un parpadeo ante esos colosos que miden el tiempo en milenios.

Sonríe que escalarás una de las grandes maravillas de la humanidad. No olvides llevar botas cómodas.

Por: M. E. Jorge Iván Chavarín

jorgei.chavarin@gmail.com

Leave a comment