Creemos que pensamos, pero son nuestros propios pensamientos, aquellos que están en el pasado y que fueron madurando en rígidos paradigmas, los que nos piensan a nosotros, de tal forma que van creando nuestra realidad cotidiana. Puede ser que así nos vaya bien, pero cuando eso no funcione seguramente caeremos en la turbulencia interior y en el sufrimiento – innecesarios por cierto – que sigilosamente clamarán por un cambio.

Recordemos que un paradigma es el resultado de los pensamientos, usos y costumbres, de creencias establecidas, de verdades a medias. Un paradigma es ley, hasta que es remplazado por otro nuevo. Los paradigmas nos han sido impuestos por nuestros antepasados, y luego hemos creado otros para sostener a los primeros, y así sucesivamente. El paradigma no sólo nos envuelve, sino que nos controla, nos define, nos delimita todo lo que percibimos, y creemos que esa es la verdad. El paradigma define lo que es realidad y descalifica las demás opciones, es un cedazo por donde se filtran y se adjetivan las cosas como verdaderas o falsas, buenas o malas, admisibles o inaceptables, correctas o incorrectas…

Lo lamentable es que el cambio de paradigmas se dificulta – aunque nos sigamos dando de topes con la vida – porque han sido pensados muchas veces, y fueron acomodándose en enormes baúles repletos de rigurosos prejuicios y creencias, que finalmente se convirtieron en guiones mentales, de profundas raíces, que quedaron fijos como un programa de computadora. Un programa que repetidamente nos arrastra a la peligrosa comodidad de anticipar, automáticamente, todas las respuestas a las preguntas que se nos vayan planteando. Preguntas tan simples que van desde ¿qué vestiré el día de hoy?, hasta grandes interrogantes de negocios, de política, de religión, de la sociedad y de la vida.

De modo y manera que esos paradigmas nos toman como

rehenes, pues son los que deciden lo que “pensamos” – cuando que realmente no lo hacemos, sino que repetimos los patrones de pensamiento del pasado. No pensamos por nosotros mismos lo que hacemos es responder dócilmente, con un pensamiento preconcebido, sea nuestro o de la colectividad en la que vivimos.

Frente a un problema cualquiera, en vez de buscar nuevas formas de pensar y actuar – a pesar de que las del ayer no han funcionado –, lo que comúnmente hacemos es lanzar las mismas respuestas que las veces anteriores. Es así, que las acciones derivadas del pensamiento, vienen de las experiencias aprendidas; de cómo fue que intentamos resolver determinada dificultad en el ayer.

Es como si tuviéramos en la mente un montón de etiquetas prefabricadas, listas para rotular lo que se nos ponga por delante, para acomodar lo que vemos y lo que oímos, en gavetas de pensamiento, bien ordenadas en el cerebro, en los prejuicios, en el ego.

Repetimos el pensamiento, el paradigma y la acción de igual forma que en la ocasión inicial, y por eso nos sucede lo mismo una y otra vez. Pero hasta que no pensemos “afuera de la caja”, hasta que no veamos el problema desde otro ángulo, y encontremos un pensamiento diferente y una nueva solución, seguiremos secuestrados, seguiremos siendo rehenes del pasado.

“El mundo que hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento. No se puede cambiar sin cambiar nuestra forma de pensar.”

– Albert Einstein

Por: Manuel Sañudo Gastélum


Coach y Consultor

manuel@entusiastika.com

DR © Rubén Manuel Sañudo Gastélum

Se prohíbe la reproducción, total

o parcial, sin el permiso del autor.

www.manuelsanudocoach.com.mx

www.entusiastika.blogspot.mx

Leave a comment