Hay tantas cosas de las que me gustaría escribir que ahora que tengo la opción de hacerlo acerca de cualquier tema las musas de la inspiración brillan por su ausencia. Pero entonces vienen a mi memoria recuerdos de mi adolescencia y todas aquellas dudas que se acumulaban día a día por miedo a preguntar y sentirme juzgada.

Sin embargo, me ayudaba mucho la lectura, siempre fui una verdadera termita para los libros al punto que mis padres tenían que esconder aquellos que para mi “edad” estaban prohibidos, craso error, eran los primeros en caer en mis manos. Todo leía, desde las famosas historietas hasta manuales para armar maquinaria que mi papá siempre tenía a la mano, obvio no entendía nada de esos manuales pero me hacían sentir importante ante mi padre.

La escuela secundaria fue para mi un verdadero calvario, sobre todo primero y segundo año, ya que me costaba adaptarme a ciertos comportamientos de mis compañeros que muchas veces me gastaban bromas pesadas. Yo era una niña muy delgada, así que normalmente si se hablaba en la clase de biología de esqueletos yo era el punto de referencia, ahora cuando escribo estas cosas me causan muchísima risa, pero en secundaria eran un verdadero bombardeo a mi autoestima.

Además, agreguémosle a la apariencia física, que me encantaba declamar y era la clásica niña buena del salón a la que todos los maestros querían y consentían, fórmula perfecta para ser blanco de burlas y envidias de adolescentes. No era raro que casi a diario llegara a la casa pidiéndole a mi madre que ya no me mandara a la secundaria. Pero pues no había mucho que hacer ante esta petición ya que era la única secundaria que existía en mi ciudad natal, El Fuerte.

Fueron dos años de una ardua lucha con mi autoestima, en la cual gracias a los consejos de mi mamá, a mis maestros que se sentían orgullosos de mi y a mi amor a la lectura que en algunas ocasiones llegó a ser mi única amiga y fiel acompañante logré llegar a tercer año con toda la energía para lograr sobrevivirla y además superarla. Porque el problema no era mi desempeño en la escuela, mi problema era la convivencia con mis compañeros. Y resulta que a partir de tercer año logré por fin, disfrutar mi secundaria y hacer grandes amigos los cuales aún conservo.

Todo esto lo traigo a colación, porque he estado teniendo algunas terapias con adolescentes y me ha tocado trabajar con ellos en grupos. Qué difícil es para cada uno de estos jóvenes esta etapa, y si a todo esto le súmanos los conflictos que se viven en casa, con los padres, con los hermanos, situaciones de separación, de violencia intrafamiliar, falta de comunicación de los padres con los hijos, estamos agregando más dinamita a la ya de por sí explosiva adolescencia.

Stanley Hall, quien fue unos de los primeros psicólogos que elaboró una teoría psicológica para estudiar el comportamiento del adolescente nos dice que el adolescente vive una vida emotiva fluctuante con tendencias contradictorias. Puede expresar mucha energía y actividad desmedida y alternativamente mostrarse indiferente y desganado. Pasar de la euforia a la depresión, de la vanidad a la timidez, del egoísmo al altruismo idealista.

Es una etapa de pureza y de tentación en que el adolescente desea la soledad pero al mismo tiempo necesita integrar grupos y tener amistades, que suelen tener gran influencia sobre él.

Puede ser dulce a veces y muy cruel otras, apático y entusiasta. El adolescente para Hall es “tormenta e ímpetu” hermosa descripción que en lo particular me encanta. Sólo que si a esa tormenta no la logramos controlar se convierte en un huracán devastador.

Yo como madre de tres hijos, los cuales han vivido cada uno sus propias y diferentes problemáticas, puedo entender gracias a ellos muchas situaciones por las que yo pasé y que me han ayudado a ser empática y poder entender a mis maestros, como yo les llamo a cada uno de mis hijos. Quiero decirles que nosotros como padres llevamos toda la responsabilidad en el buen manejo de esta etapa tan hermosa y tan tormentosa. El poeta español Jaime Gil de Biedma escribió en su poema Himno a la Juventud: “A qué vienes ahora juventud, encanto descarado de la vida? Estábamos tranquilos los mayores y tú vienes a herirnos, reviviendo los más temibles sueños imposibles”, con cuánta sabiduría plasma el poeta los sentimientos que de repente nos invaden a los adultos cuando estamos ante esta energía que se llama adolescencia. Y ahora te digo que de nosotros como padres, depende que la recordemos con gran alegría y enseñanza o con una enorme tristeza.

Por: Graciela Cueto Serrano


Experta en Comunicación y Desarrollo Humano

Facebook: Graciela Cueto en Pláticas de Café

@gracielacuetos

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