Por Victor Garcés

 

Dicen que las modas son sólo un arrebato, un momento, y un… ya pasará. Lo que nunca he de entender es por qué tienen que pasar. Según las buenas-malas lenguas, la vanguardia siempre es actualidad y por lo tanto define lo que la “moda” debe ser. Esto debido a esa necesidad o necedad que se tiene de crear, de reinventar y de buscar eso inédito que lo anterior no logró ver o entender. Es un vaivén bastante entretenido, y para nuestra fortuna, incesante. Todo esto tiene sentido, lo prometo. Verán, llevo tiempo pensando en esta serie de eventos masivos llamados festivales musicales, que están tan de moda, que son tan “vanguardistas” y que han logrado una popularidad casi obligada. A quién le dan pan que llore, ¿no? Lo entiendo, a todos nos gusta brincar, bailar y gritar. Especialmente si es frente a un escenario coronado de luces y mucho más si es por horas o hasta por días. El intercambio parece perfecto: un gran puñado de bandas, inaccesibles de alguna otra forma, por un precio determinado y correspondiente a la fama de los encabezados. Suena tan bonito que no quisiera quejarme, pero, ¿acaso no parece todo muy perfecto para ser real?

Confesaré que han sido muchos festivales a los que he asistido, casi siempre por trabajo, por lo que he sido testigo de su creciente popularidad en los últimos años. Y es precisamente por esta popularidad que me atrevo a decir que desconfío de ellos. Las razones son varias, pero todo se resume en lo terriblemente repetibles y predecibles que son. Pero vayamos por pasos y despacio para tirar veneno a gusto y que no se me confundan.

 

 

Iniciemos por las presentaciones. La esencia básica de cualquier recital. La razón por la cual el anonimato se convierte en cofradía y el tiempo en melodía. A reojo todo parece increíble. Tanta música, en tan poco tiempo: todo un sueño. Sin embargo, aquí el mencionado “en tan poco tiempo” es tan seductor como engañoso, y nos engancha en un dilema escondido: ¿preferimos cantidad o calidad? Es bonito ver tantas bandas, lo acepto.  Pero, ¿realmente lo es cuando la estructura festival las somete a tan cruel restricción de tiempo? El cual al final obliga a realizar presentaciones, digamos, no tan maravillosas; llenos de setlists obvios, cortos, olvidables y que parecen una imitación de cualquier otra presentación. Es cierto, sonarán los éxitos, las de siempre, las que ya todos se saben, pero es que justo ese es el problema. ¿Dónde queda la sorpresa, la innovación, la vanguardia? Quizá se pregunten, ¿y es necesaria? Antes de responder, pasemos a otro punto: el “line up”.

 

 

Las comparaciones nunca son buenas, lo sé, pero a veces son necesarias para entender lo que falta o lo que sobra. Por ejemplo, si decidimos comparar los festivales actuales con aquellos que iniciaron la fiebre, habría muchos corazones rotos (para muestra, vean el lineup del primer Coachella y después vean el más reciente, e intenten no llorar). Y es que pasa algo muy extraño con este tipo de eventos, especialmente ahora que son tan populares: la gran mayoría parecen ser una imitación de cualquier otro festival. Sus carteles son tan similares que me atrevería a decir que todos parecen ser el mismo. Lo único que cambia es el nombre, la cerveza patrocinadora y la ciudad. Para ser totalmente honesto, tanta “similitud” sólo delata la carencia de identidad propia y definida de muchos de estos masivos. Motivo por el cual ofrezco, casi como ofrenda a los dioses de la música, la siguiente pregunta: ¿Entonces para qué jodidos existen tantos?

 

 

Sencillo, estas “coincidencias” no se deben a que todos los productores, en su infinita misericordia, tienen la misma necesidad de entregarnos una experiencia musical “única”. Ni tampoco es que todos tienen los mismos gustos o los mismos recursos. Más bien, es porque tienen la obligación de vender la mayor cantidad de boletos, sin importar la fórmula para lograrlo. Porque vaya, si la moda lo manda, todos tenemos que obedecer. ¿Cierto?

Aunque bueno, siendo sinceros no podemos culpar solamente a los productores. Ellos sólo responden a tendencias. Si debemos encontrar un culpable, lo encontraremos en el invitado de honor: en el público. Quien continúa asistiendo a estos masivos, sin imponer condiciones. Incluso asistiendo sólo por poder hacerlo, sin importar quien se presentará. Nada de malo tiene esto, cada quien su dinero y su tiempo. Lo malo es que, al no existir un lazo de identidad entre el evento y los asistentes, los productores seguirán tupiendo los carteles de las mismas bandas, sólo porque hacen más apetecible la cerveza y porque saben que el público no se quejará.

 

 

Al final, sea por la razón que sea, lo único cierto es que la experiencia festival se ha convertido en algo tan lucrativo que es entendible la exagerada cantidad que ahora existen. Lo triste es que mientras estos no sean un verdadero reflejo de los gustos de todo su público y se conformen con ser un espejismo de lo que manda San Spotify, los festivales musicales serán un fallido intento de vanguardia: sin innovación alguna. Lo que nos condena a seguir infestados de festivales sencillos, repetibles y predecibles hasta que el público decida que es más importante la música y no las fotografías que se toman frente al escenario. Por eso es tan importante no dejar que se pierda la vanguardia que estos eventos solían siempre defender (y que algunos como el Riot Fest, Cosquín, Glastonbury, aún defienden), porque a pesar de cualquier “tendencia” es su innovación la que celebra y reinventa las nuevas fronteras del sonido. Sin ella, lo que menos importa en estos eventos, son las canciones.

 

Por: Victor Garcés

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