Inquieta y llena de sueños, muy influenciada por los aromas y sabores de dos tierras; de Hidalgo mi Papá, los aromas del ajo, los chiles y las salsas de molcajete; de Sinaloa mi mamá, la música, la alegría, la playa, de ver las estrellas e imaginar que un día lograría algo grande. Estudiaba por las mañanas

Administración de Empresas en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey y Gastronomía por las tardes en Culinart; la cocina y el arte que existe alrededor de una mesa se volvió mi pasión, mi pasión me llevó a La Sorbonne a París, que abrió mi apetito por los platillos fascinantes que puedes lograr con creatividad e ingredientes frescos, dando lugar a un deseo incontenible de comerme el mundo y beberme sus vinos.

Comencé en las tiendas pequeñitas, esas que parecen museos del vino, con cien y más etiquetas de vino, etiquetas que parecían diplomas y llamaban mi atención. Fui aprendiendo de ellas y una vez que dominé el misterio detrás de cada Appellation, me atreví a buscar más. Había colores que me conquistaban a la vista; amarillos paja, brillantes, otros rosados con destellos magenta que me hacían agua la boca. Mi sorpresa fue cuando llegué a un lugar; Lavinia, donde aprendí los secretos ocultos dentro de cada botella, me di cuenta que ni la etiqueta, ni el color del vino eran lo que me enamoraba de él.

Estudié en L’école du Vin de Bourdeaux. Haber compartido el salón de cata con importadores, enólogos, masters Sommeliers, me ayudó a comprender lo que muchos hablan del vino francés. Contaban que los demás países podían llevarse de Francia sus parras, su roble, sus enólogos, pero si había algo que no podían llevar era su terroir. La riqueza del suelo, la importancia del clima, el amor y el orgullo  con el que cada vitivinicultor produce su vino.

Regresé a México, entre mis maletas cientos de fotografías, recetas y sueños por lograr, de ese viaje nace Manzara, y la emoción de compartir mi conocimiento por el vino en Los Mochis, la sorpresa que me llevé al darme cuenta que no era la única enamorada del vino, qué había personas con la misma curiosidad por lo que debía prepararme más, así comencé mis estudios en Guadalajara con la escuela española de Sommeliers, culminando esos estudios en Catalaunya y donde aprendí del gaudir (disfrutar en Catalán).

En un viaje a Washington y a Oregon para aprender de sus vinos, conocí gente extraordinaria especialmente al Sommelier Marc Flores, presidente de la Asociación de Sommeliers Mexicanos, quien se volvió mi mentor y alimentó mis ganas de aprender más. Gracias a esto, en febrero de este año hice el examen para certificarme como sommelier internacional por la Association de la Sommellerie Internationale y hoy con gran esfuerzo, libros y desde luego vinos de por medio, hoy en Los Mochis está una de los ocho internacionales certificados de México, que me avala como Sommelier en 64 países por el conocimiento adquirido.

¿De qué me di y me doy cuenta después de diez años en el mundo del vino? De que seguramente cada que visite una bodega, una denominación de origen nueva, me sucederá lo mismo; sabré que cada vino es único, que entre ellos no existe parecido, que seguramente en cada lugar me encontraré con gente fascinante, con productores que aman su tierra, que adoran levantarse cada día y cuidar de sus parras, bajar a la cava y contarles a sus barricas, sabiendo que el tiempo es su gran aliado y la paciencia su virtud.

El certificarme como Sommelier internacional es gracias a todos quienes han compartido una copa de vino conmigo y el buen vivir que me hace inmensamente feliz.

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