Por Sergio Ceyca

“Si estoy condenado, no sólo estoy condenado a morir, sino que también estoy condenado a defenderme hasta el fin.” (Diarios)

La República Checa no es un país en que los mexicanos pensemos con facilidad. No forma parte de las grandes capitales europeas como Francia y su romanticismo, o España y las corridas de toros. Sin embargo, es uno de los países que más brillan por la permanencia de su vieja arquitectura: los edificios que componen el anillo central de Praga, el castillo en medio de la ciudad, las catedrales góticas (tan semejantes a Notre-Dame), el Osario de Sedlec –que es una enorme iglesia decorada con cráneos. También este pequeño territorio que durante muchos años formó parte del Imperio Austrohúngaro es el país originario de uno de los autores que, pese a no haber pasado cien años de su muerte, ya forma parte de los cánones de literatura clásica: Franz Kafka.

Su vida suscita obsesiones arraigadas a pesar de que no haya vivido nada extraordinario. Autores contemporáneos de gran relevancia como el argentino Ricardo Piglia, o Walter Benjamin, o Elias Canetti, se han acercado a su vida para encontrar los vacíos argumentales y rellenarlos con ficción; al tiempo que infinidad de turistas visitan Praga todos los años para para conocer las casas en las que vivió, los cafés en los que conversaba con Max Brod u otros amigos, buscando los pasos del eterno oficinista en el anillo central de Praga. Desde México uno pensaría que la vida de aquel oficinista checo no tiene nada qué ver con nuestro país, pero gracias a Kafka en traje de baño, de Franco Félix, hemos descubierto que muchos judíos vinieron a México huyendo del Holocausto, y que entre ellos venían muchos familiares suyos en mayor o menor grado. Nuestra propia invasión de Kafkas en México. Por ejemplo, según lo recopilado por Félix, en Sonora hubo un alguacil apellidado Kafka, descendiente de un tío hermano de Franz.

Franz Kafka nació el 3 de julio de 1883, el mismo día que inició el proceso democrático en la Republica Checa, cuando aún no era República Checa sino que era parte del Imperio Astrohúngaro y tenía un emperador que, no es casualidad, también se llamaba Franz. Los Kafka, unos comerciantes, decidieron llamar a su hijo como el emperador, igual que cientos de familiares suyos, lo que lleva a Reiner Stach a declarar, en su biografía sobre el autor, que existían más de veinte Franz Kafka registrados en Praga en aquel momento. Es como si dijéramos Luis Donaldo Valdez o Andrés Manuel Cázares en Sinaloa. El niño nace como primogénito en una familia que espera que, al crecer, se haga cargo del negocio familiar. Las cosas no podrían haber salido más distintas a lo planeado: el primogénito no creció para volverse un hombre destinado a las grandes aventuras de la vida sino se transformó en un oficinista de la gran aseguradora del estado checo, utilizando su tiempo libre no para producir más riquezas sino para escribir libros. Bueno, uno podría pensar: que nazcan más hijos, ¿no? Pero después de Franz, los Kafka tienen dos varones más que mueren al poco tiempo de haber nacido. En cambio, las tres niñas que continuarían (Valli, Elli y Ottla) gozarían de perfecta salud.

Contrario a lo que uno podría pensar sobre un personaje como Franz Kafka, la realidad es que no era un alumno sobresaliente. Esto no quiere decir que no fuera inteligente pero no buscaba todo el tiempo estar en el ojo público; la escuela lo atormentaba. Así lo recuerdan algunos de sus compañeros de clase que, posteriormente, hicieron sus testimonios sobre el chico tímido, callado, que se refugiaba en los libros. Con el tiempo, conoció al que se volvería su albacea literario: Max Brod. Él era todo lo contrario a Kafka: publicaba desde joven, siempre formaba parte de los debates intelectuales, buscaba estar en el centro de la discusión pública; gracias a él, Kafka saldría de su zona de confort: por un lado, asistiría a reuniones políticas, publicaría algunos relatos en revistas, saldrían de viaje a conocer el mundo. Max Brod, con el paso de los años, se volvería el hombre que siempre estaba animando a Franz Kafka a escribir y publicar, al grado de que en la actualidad sabemos de Brod no por su propia obra literaria sino por su relación literaria.

“Al mediodía me han llegado juntas tus dos cartas, que no son sólo para ser leídas, sino para desplegarlas, hundir la cara en ellas y perder la razón. Y tal vez sea mejor perderla, porque entonces -aunque sea por un instante- es posible impedir que todo se derrumbe.” (Cartas a Milena)

A como pasan los años, a como se gradúan de la educación pública, Kafka y Brod entrarían en su etapa laboral. Mientras que para Brod sería una distracción que acabaría sacrificando para volcarse totalmente a la literatura, para Kafka sería una época de opresión que empezaría a aplastarlo: un sustituto de la autoridad paterna, quizá, con quién nunca podía estar en buenos términos. En esta época de vivir entre expedientes y pasillos de oficinas gubernamentales, es cuando conoce a su primera mujer: Felice Bauer. La relación de Kafka con las mujeres de las que se enamoraba siempre era problemática: éste siempre aseguraba no tener ningún encanto varonil y sin embargo, chica en la que se interesaba, chica con la que se relacionaba, siempre con algún gran impedimento. Con Felice Bauer fue la distancia. Se conocieron en casa de Max Brod y, sin haber habido intercambio alguno de interés, Franz empezó a escribirle cartas con interés romántico desde el primer día; aunque al principio Felice reaccionó extrañada, con el tiempo se comprometerían y estarían, al menos dos veces, a punto de casarse, cosa que nunca ocurrió, por supuesto, gracias al mismo Franz. En esta época, también, es cuando reúne un grupo de sus relatos para publicarlos bajo el título de Contemplación. Relatos cortos, viñetas poéticas de su vida en Praga. Pero en esa misma época iniciaría la redacción de los relatos que componen Un médico rural (entre los que se encuentran “Informe sobre una Academia” o el que retomó como título del libro) y La Metamorfosis. Alcanzaría a publicar todos estos en vida. Su obra ya se caracteriza por la asfixia y el pesimismo con ciertos grados de humor.

El último asunto que ocurre en aquella época es, fatalmente, la aparición de la tuberculosis. Una noche, cuenta en su correspondencia a una futura novia, Kafka se levanta tosiendo hacia el baño para escupir sobre el lavabo. Sobre él hay sangre. Franz siempre se ha preocupado por su salud física, inclusive es vegetariano, pero ahora la enfermedad ha llegado a atacarlo. Ésta se volvería una fiel compañera, hasta su muerte en 1924, no lo abandonaría.

Los últimos años de Kafka tampoco se caracterizan por la aventura o por algo extraordinario como, por ejemplo, el episodio de Dostoievski cuando estuvieron a punto de fusilarlo. Se relaciona con otras mujeres (entre las que saltan Milena Jesenská y Dora Diamant), con quienes tampoco concreta ningún vínculo nupcial. Escribe más relatos que va publicando, de vez en cuando, en revistas. Realiza infinidad de viajes a balnearios para mejorar su salud. A veces deja de escribir, a veces no. Se pelea con su padre por inmiscuirse en su vida y le escribe una gran carta que ahora se conoce como la Carta al padre. Se vuelve más cercano a Ottla, su hermana menor, que también se ha revelado ante la autoridad paterna. Publica el libro de cuentos Un artista del hambre, libro que continuó revisando incluso a punto de morir. Finalmente, la enfermedad avanza y lo consume en 1924.

A veces parece que son las consecuencias que se generaron tras su muerte más que sus escritos inacabados los que generan dicha fascinación. Incumpliendo su última voluntad de quemar toda la obra no publicada que quedaba en su oficina, en el hogar paterno y en sus diarios, Brod empieza a publicarla poco a poco. Así aparecen las novelas, ninguna de las cuales está completa: América, El proceso y El castillo. En general, Brod se vuelve el albacea literario de Kafka y se dedica a hacerle una campaña mediática mejor de la que el mismo Brod, quizá, se realizó a sí mismo.

Sus padres morirían, quizá para su suerte, antes del Holocausto, que se llevó a sus tres hermanas y a la mayoría de sus sobrinos. Quizá de estas pérdidas, la más impresionante sea la de Ottla que terminó en un campo de concentración y que, al acompañar a unos niños sin padres a subir a un tren, terminó en Auschwitz. Una de sus pocas sobrinas que sobrevivió, Marianne Pollack, se casó con el escritor inglés George Steiner y, durante el conflicto, huyeron hacia Inglaterra.

“No creo que haya gente cuya situación interna sea semejante a la mía; sin duda puedo imaginarme gente así, pero no puedo imaginar ni remotamente que, en torno a sus cabezas, vuele constantemente este cuervo misterioso que vuela en torno a la mía.” (Diarios)

Es triste que en República Checa no haya ningún manuscrito de Kafka. Una parte están en Oxford, Inglaterra, que es donde Marianne los llevó cuando le solicitó a Max Brod los manuscritos. El manuscrito de El proceso está en Alemania, después de que la secretaria de Max Brod, su heredera, lo subastara en los ochentas. E incluso a noventa y cinco años de ser enterrado Franz Kafka, el estado de Israel acaba de ganar un juicio contra las herederas de la heredera de Brod para abrir el ‘Archivo Brod’, donde se espera que aparezcan inéditos de Kafka. O borradores de las obras publicadas.

A sus casi cien años, Kafka sigue dando sorpresas. Y la República Checa es un país muy hermoso para viajar (aunque en esencia Culiacán sea más viejo), caminar por sus calles de cantera y andar entre sus casas que parecen de caramelo buscando la figura de aquel oficinista triste que dejó un campo lleno de manuscritos en ruinas.

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