Las abejas son la especie más importante en el mundo y Francia busca protegerlas mediante la prohibición del uso de insecticidas que contengan neonicotinoides.

Los neonicotinoides están entre los insecticidas más usados a nivel mundial. Se crearon a principios de los noventas como una alternativa más segura para el medioambiente y la salud humana, que llegaría a sustituir a los insecticidas como el DDT (diclorodifeniltricloroetanos), los organoclorados y los organofosfatos, que fueron prohibidos por el aumento de la resistencia de los insectos, la alta toxicidad en vertebrados (mortandad de peces) y otros organismos, y por la potencial bioacumulación en los tejidos grasos y el envenenamiento de los agricultores y granjeros.

Imidacloprid, tiametoxam, clotianidina, dinotefuran, nitenpyram, acetamiprid y tiacloprid, son algunos de los nombres comerciales de los neonicotinoides y aunque éstos fueron diseñados como insecticidas específicos para acabar con las plagas de insectos en los sistemas agrícolas, varios estudios han probado que pueden afectar a otros organismos para los cuales no estaban concebidos.

La polémica de los neonicotinoides empezó en Francia en 1994, tras la introducción de imidacloprid en la agricultura, cuando algunos apicultores notaron que las poblaciones de abeja de sus colmenas estaban disminuyendo.

Los efectos en las abejas incluyen una alteración en el olfato, la memoria y la locomoción y la inhibición de la alimentación. Los efectos de los neonicotinoides tardan un tiempo en aparecer y, es más, en un principio se observa que las colmenas incrementan la producción de miel. Esto se debe a la falta de alimentación y la muerte de las obreras. Al no alimentarse de ella las obreras, la miel se acumula en las colmenas donde sirve de alimento al resto de las abejas y a la reina. Para compensar las pérdidas de las obreras, la colmena produce nuevos individuos hasta que, llegado a un punto, la reina muere por el exceso de neonicotinoides en su organismo como consecuencia de una exposición crónica a largo plazo. Después la tasa de producción de reinas disminuye en un 85% lo que dificulta el futuro de las poblaciones. Además, la exposición a los neonicotinoides debilita el sistema inmune y las vuelva más susceptibles a parásitos y enfermedades.

Gracias a las demandas de grupos ecologistas y los estudios científicos hechos durante años, a principios del 2018 la Unión Europea prohibió el uso de tres neonicotinoides (imidacloprid, clotianidina y tiametoxam) en todos los cultivos frutales al aire libre, aunque sí permite su uso en invernadero. En el caso de Francia, se prohibió el uso de todos los neonicotinoides. Esto podría suponer una buena noticia para las abejas y otros polinizadores terrestres amenazados como las mariposas, polillas, abejas y sírfidos. Su desaparición en los ecosistemas está poniendo en peligro funciones ecológicas como la polinización en los sistemas agrarios.

Contrario a lo que afirman los miembros de los sindicatos de agricultores que se han opuesto a la prohibición, la agencia de salud pública francesa ANSES afirmó que existen bastantes alternativas sostenibles y eficientes que ya están operativas en Francia.

De una forma u otra, la decisión ha sido más elogiada que reprendida y es muy acertado.

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