La base de nuestro comportamiento viene de la fuente de valores, creencias y enseñanzas adquiridas durante la infancia, el ejemplo que tuvimos por un lado en los primeros siete años de vida queda grabado con cincel en nuestro interior. No hay colador que seleccione y todo se toma como real, verdadero y se convierte en un introyecto.

Como primera instancia el cerebro intenta evitar las acciones deshonestas, sólo que una vez que decidimos saltar las reglas nada impide no repetirlo. De hacer trampa en el Monopolio a ser infiel a la pareja, sólo hay un paso. ¿Te has ido sin pagar la cuenta? ¿Has copiado en un examen? ¿Has puesto pretextos no reales como un dolor de cabeza para evitar algo? ¿Te has quedado con dinero que no te correspondía o incluso inventaste una pinchadura de llanta para llegar tarde?

Se empieza en la infancia con pequeñeces como quedarse con un dulce sin pagarlo… Este, es el principio de actos mayores que se cometen de adulto en la vida privada, laboral, de pareja, familiar y social, siendo cada vez más creativos en justificar actos o ausencias. Al principio estas acciones cuesta realizarlas, el sentido moral natural genera culpa y la culpa genera sufrimiento. El cerebro intenta ahorrarnos esa congoja frenando los comportamientos deshonestos.

El punto es que una vez superada la resistencia inicial reincide el comportamiento inadecuado y se repite, y se repite, y se repite; entonces la situación cambia por completo. La sensación desagradable de ser deshonesto baja y empiezan a pesar más otras cosas como el poder, tener más dinero, sentirse ganador o exitoso. Aquello que al principio nos parecía tan malo para llegar a la meta ya no lo parece tanto, pues los resultados regocijan el ego y este se empodera. Aquí desaparecen los escrúpulos, la honestidad, los valores…

Que la segunda mentira nos duela menos que la primera pero más que la tercera tiene una explicación neurocientífica. Una parte del cerebro llamada amígdala, que tiene forma de almendra, es la que controla las emociones, aunque se ha descubierto que su actividad no es constante. Cuando empezamos a engañar, la amígdala genera una fuerte respuesta emocional negativa que nos frena. A medida que reincidimos en la deshonestidad esta reacción se atenúa. Las neuronas que antes hacían que el corazón latiera rápidamente, que las manos sudaran, que se liberara adrenalina, al saltarse los códigos morales, todo esto termina adaptándose al engaño.

Las señales emocionales negativas asociadas a mentir menguan, el cerebro se vuelve más tolerante con los comportamientos amorales, igual que el olfato se acostumbra a nuestra loción favorita no llegando a percibirla después. En otras palabras, cada vez estamos menos incomodos con aquello que antes no podíamos realizar; un engaño, lleva a otro, así de simple, y es la amígdala la que deja de poner límites aunque los embustes sean cada vez más grandes. Así casi sin darnos cuenta pasamos de decir mentirillas a tener la osadía de cometer fraude, ser infieles, evadir al fisco, etc.

Las consecuencias se reflejan en la sociedad, en los individuos, algunos cometiendo actos ilícitos antes criticados y hasta rechazados, como el racismo o la violencia, llevando al entorno a situaciones no imaginadas en el pasado como está ocurriendo en nuestros tiempos en un país como el nuestro. La situación es más grave cuando se es rico y poderoso, no es un secreto que es en el ámbito que más se da. Una investigación realizada hace pocos años por la Universidad de California en los Estados Unidos de Norteamérica y la Universidad de Toronto en Canadá, revela que:

Cuanto mayor es el estatus social de un sujeto, más predispuesto está a engañar, robar, mentir, hacer trampas y cometer fraude. Sobre todo si es en su propio beneficio. Por el contrario, es más probable que un individuo de bajo estatus se salte la ética para beneficio de otro. Los trotamundos también figuran como personas de poca conciencia, en varios estudios en la Universidad de Columbia se llegó a la conclusión de que una persona es más deshonesta cuantos más países ha recorrido a lo largo de su vida; ¿Relativismo moral? Cuantas más culturas diferentes conocemos viajando menos fuerza tienen los estándares morales de nuestro país de origen. Al ganador de competencia también se le facilita pasar sobre los perdedores y sentirse atraído por la falta de ética. El censor moral incluso trabaja menos durante la tarde porque el cuerpo tiene menos energía que durante las primeras horas del día, esto baja la capacidad de autocontrol y fuerza de voluntad.

La conclusión entonces es que todo esto tiene mucho que ver con la fuerza de voluntad, el autodominio y el ser y estar consciente. Y de nuevo regresamos al cerebro a la corteza prefrontal dorsomedial, su actividad está ligada a los remordimientos, si sus neuronas se dañan, la ética se esfuma por completo. Y cuando para ser honesto hay una desventaja personal el autocontrol juega el papel más importante. Uno de los caminos más efectivos para el autocontrol es la práctica del yoga. Éxito y autocontrol conducen a la plenitud y calidad de vida.

Namaste.

Por: Paty Maytorena

Maestra de Yoga

patymaytorena@hotmail.com

Cel. 6677 51-28-84

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