“El miedo es una muralla que separa lo que eres de lo que podrías ser.”

–Proverbio Chino

Una persona fue con el psicólogo, como en repetidas ocasiones anteriores lo había hecho. El tema recurrente asomó de nuevo, pues el paciente preguntó al doctor: –¿Por qué no logro cambiar?, si ya soy consciente de que debo modificar conductas y pensamientos–. El especialista le contestó con un ejemplo…

–“Imagine que está en una habitación, sufriendo por el frío intenso que cala el ambiente, y usted lleva puesto un suéter roto, deshilachado, insuficiente para calentar su cuerpo. En el otro extremo de la casa hay un abrigo de lana, especial para protegerle de fríos extremos, que le está esperando en el rincón. La única condición, para que el abrigo sea suyo, es que se despoje completamente de su suéter roto, de su prenda vieja e inservible, pero usted se resiste a hacerlo por el temor del frío, momentáneo por cierto, entre que se quita la prenda vieja y recorre la distancia que le separa del nuevo abrigo. No está dispuesto a pagar ese precio, de un poco más de frío, entre que se desnuda de lo viejo y se apropia de lo nuevo; amén del miedo de que el abrigo no le quede, o que no le proteja tanto como creyera. Así, en esas dudas y temores, es que prefiere seguir en la insensata zona de confort, la del “más vale viejo conocido, que nuevo por conocer”.

El ejemplo, aparentemente simplista, contiene una penetrante verdad, de que el miedo nos separa de lo somos de lo que podríamos ser –como reza el proverbio chino. El miedo, o el ego que no quiere desaparecer y nos intimida diciéndonos que está mejor así, de que el abrigo nuevo podría ser una ilusión o un engaño, es lo que nos aleja de la mejoría. Una vez más, estamos en el portal del miedo, de la resistencia a cambiar.

Pero, ¿por qué nos resistimos?, ¿por qué, si lo nuevo luce prometedor, no nos despojamos de lo viejo? Creo que las causas de la resistencia van por el siguiente rumbo:

• Somos entes de rutinas, de costumbres, y es más fácil y cómodo seguir lo establecido que adentrarse en lo nuevo y desconocido.

• El cerebro es un holgazán –y también un soberbio– que no le gusta pensar en soluciones que ya pensó, y que por lo mismo cree que ya están solventadas. A veces, lo que el cerebro necesita son grandes sacudidas, crisis graves –como quedarse desnudo, sin el suéter viejo– para que no le quede de otra más que cambiar… A fuerza de no haber opción.

• La pérdida de identidad; que sería como decir que ya no somos el antiguo personaje, sino uno nuevo, que nada que ver con el anterior. Es como matar al personaje mediocre con el que nos identificamos.

• La necesidad de trabajar más, de esforzarse por seguir adelante trabajando en paralelo, mientras nos despojamos de los anticuados paradigmas, enquistados por cierto, y a la vez tratando de arraigar los nuevos pensamientos y conductas… Doble esfuerzo.

• El temor al qué dirán los demás.

• Miedo a quedarse a mitad del cambio. Sin el suéter roto y sin el abrigo nuevo, en una especie de Limbo.

• Las creencias limitantes como de “que no es fácil cambiar”, “menos si ya se es adulto”, “eso es para los demás, no para mí”, etcétera.

Y en esos interminables etcéteras se nos puede ir la vida en la mediocridad, muriendo lentamente, como bien se ilustra en un poema (que equivocadamente se le atribuye a Neruda) del que repaso parte de sus estrofas:

“Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no escucha música, quien no halla encanto en sí mismo.

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos senderos, quien no cambia de rutina, no se arriesga a vestir un nuevo color o no conversa con quien desconoce.

Muere lentamente quien no cambia la vida cuando está insatisfecho con su trabajo, o su amor, quien no arriesga lo seguro por lo incierto para ir tras de un sueño, quien no se permite, por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.

Por: Manuel Sañudo Gastélum


Coach y Consultor

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