He comentado anteriormente cuánto me apasiona el cerebro. Su funcionamiento, su profundo misterio de no haber sido aún descubierto del todo, sus múltiples áreas y hubo un artículo de Horacio Morgado Bernal que llamó mi atención. En tiempos de precampañas y próximas elecciones los ciudadanos no logramos entender esa hambre de poder de algunos políticos, el desenfreno de la corrupción de diversos ciudadanos y la forma en que pisotean nuestros gobiernos a la sociedad quienes en sus puestos deberían servirla. Aunque también podríamos incluir a los narcotraficantes, empresarios ilícitos o quienes nos vengan a la cabeza. ¿Está ligado esto al cerebro?

El artículo de Morgado habla de cómo funciona el cerebro de un codicioso. Por lógica lo asociamos con el ego, un interés propio que nunca se consigue satisfacer. Se dice que la codicia es como el agua salada, cuanto más se bebe, más sed da, es un deseo o apetito ansioso y excesivo de bienes o riquezas. Un proverbio árabe dice “Tres cosas hay destructivas en la vida: la ira, la codicia y la excesiva estima de uno mismo”.

Resulta difícil entender que entre más y más ricos, sigan con el deseo de poseer más bienes. ¿Acaso están enfermos? El origen etimológico de codicia es cuspiditas, un vocablo latino, afán excesivo de riquezas, deseo voraz de cosas buenas, no sólo de dinero. La característica sobresaliente del codicioso es su propio interés insaciable, para él no existe la palabra suficiente. Ahora bien, codicia y avaricia no son lo mismo. Mientras el codicioso atesora para sí mismo bienes y riquezas mucho más allá de lo básico y necesario, sin necesidad de querer atesorarlas; el avaro acumula, es tacaño, gasta lo menos posible y casi nunca comparte.

El codicioso puede disfrutar, gastar, compartir, así que por amigo más vale un codicioso que un avaro que nos traería dolores de cabeza. Todo aquello que no suele hacerse por necesidad como apostar en un casino, en carreras de autos, invertir en la bolsa, puede ser adictivo y albergar un plus de codicia. Un estudio de la Universidad de Gante en Bélgica, concluye que la codicia se da más en los hombres que en las mujeres, en el mundo financiero, en posiciones de gestión, en personas no muy religiosas, por ejemplo.

¿Qué viene a relacionar todo esto con el cerebro? Primero es comportamiento, conducta, algunos experimentos de la neurociencia han demostrado que cuando más codiciosa es una persona, menos capacidad tiene la corteza prefrontal en su cerebro, la cual está ligada al raciocinio; por lo que el cerebro del codicioso funciona diferente al que no lo es. Otros estudios sugieren que como los codiciosos tienden a apostar alto para maximizar sus ganancias, podrían padecer una perturbación mental que anula su capacidad de percibir el riesgo o de ver las necesidades de los demás. Podría ser el bajo nivel de colesterol, esto se ha ligado a muchos trabajadores del mundo financiero consumidores de estatinas, fármacos que disminuyen los niveles de colesterol en la sangre, el cual es necesario para regular la serotonina del cerebro, que estabiliza las funciones mentales. Acumular le resta la incertidumbre al futuro, al tener mucha riqueza baja la preocupación de empobrecer.

Esto se da en todas las esferas y todos los niveles, ¿el gran remedio? Lento pero efectivo: La educación, la cultura, la formación integral. Un buen sistema educativo y las familias deberían enseñar las consecuencias de la codicia a los jóvenes, mostrarles como corrompe individuos y sociedades completas, que no va de la mano de la justicia, de los valores, de la solidaridad con las personas. Recuerda Morgado en su artículo al gran personaje Mahatma Gandhi: Hombre que fue ejemplo de sencillez, de desapego, de soltura y libertad sin decir una sola palabra. Sabía, como lo sabemos hoy en día, que la tierra tiene para toda la humanidad, pero no tanto como para satisfacer la avaricia y la codicia de algunos.

Namaste.

Por: Paty Maytorena

Yoga Master

patymaytorena@hotmail.com

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