Por: Eleana Carrasco

Edith Tamayo lleva en su voz historias de México, de Sinaloa, de aquel pequeño rancho en Badiraguato, de sus antepasados, de un país de grandes contrastes; una voz que arrulla y también se estremece, como las olas del mar, allá en Olas Altas, en su querido Mazatlán.

El canto la llevó a recorrer el país y experimentar el calor del pueblo mexicano, también la llevó al extranjero. Y cuando finalmente se mudó de Sinaloa a Copenhague hace algunos años, la escena musical continental se enriqueció con su talento.

Nació en 1972 en Culiacán, Sinaloa. Su padre, maestro de los Altos de Jalisco y su madre, ama de casa de una familia de Badiraguato, Sinaloa, ambos provenientes de familias con un fuerte sentido de justicia social y política.

Desde temprana edad, Edith escuchó historias acerca de la Revolución Mexicana, junto con innumerables y vívidos relatos y leyendas de fantasmas y almas perdidas –contadas por su abuela Carlota, quien vivió toda su vida en un pequeño rancho en El Beco, Badiraguato, a los pies del Cerro de Peñascote, donde durante la Revolución, cuenta la leyenda, 30 mulas cargadas con plata y oro fueron arrojadas por el despeñadero. Esas historias se mezclaron perfectamente con la música regional con la que creció: el sonido típico de Sinaloa con trompetas, clarinetes y tubas, la música para bailar con acordeón del norte de México y también las canciones cuenta cuentos, los llamados corridos.

Cuando tenía nueve años, la familia se mudó al puerto de Mazatlán. Sintiéndose profundamente sola, comenzó a escribir poemas y canciones mientras pasaba los días sentada en el muelle de Olas Altas, escuchando el mar. Por las noches leía lo escrito en voz alta frente al espejo. Cantaba todo el tiempo, inclusive mientras dormía.

A los 13 años empezó a cantar en público y pronto se presentó en festivales. Ganó premios con regularidad y los medios comenzaron a notarla, rápidamente fue invitada a interpretar en muchos programas de televisión y radio.

Con 16 años, Edith fue a una audición con el director de orquesta Enrique Patrón de Rueda, en ese entonces director artístico de un festival cultural. Impresionado por el talento de la joven, la incorporó a la programación, que incluía a estrellas de la música latina como Celia Cruz y Fernando de la Mora.

Casi de inmediato se fue a una gira a través del país y canto boleros, huapangos y rancheras. Por sus antecedentes y sensibilidad personal, aún a muy temprana edad, fue consciente de los grupos vulnerables; visitaba prisiones, áreas marginales y pueblos y cantaba ahí.

Al final del festival, llegó una invitación para cantar con Lola Beltrán, frente a más de 10 mil espectadores. Su experimentada colega comentó sentir que simplemente tenía que introducir a este nuevo talento y la llamó ‘la relevación del festival’. Aseguró que el éxito de la joven cantante sólo era cuestión de tiempo.

A los 17, obtuvo una beca para estudiar música en Bellas Artes, en la Ciudad de México. Fue entonces cuando visitó el lugar donde los pintores Frida Kahlo y Diego Rivera vivieron, en Coyoacán, e inmediatamente se enamoró del lugar: la plenitud de sus colores se encontraba con la riqueza de su historia. Todo eso constituyó un nuevo periodo en su vida; tomó sus estudios de canto muy en serio, mientras continuaba cantando en eventos, inclusive tomando parte en operas, operetas y algunas obras.

De México a Europa

Por largo tiempo Edith soñaba con mudarse a Europa con la esperanza de trabajar en algunos de los principales teatros de Italia y España. En vez de eso, se mudó a Suecia, matriculándose en la escuela de música en Helsingborg.

Cada artista sabe que construir una carrera es un camino difícil con muchos problemas, pero tratar de hacer una carrera en el extranjero es aún más difícil. Entonces, después de un par de años, decidió regresar a México, y consiguió un trabajo en el coro de cámara de la opera, en la Ciudad de México.

Aquellos fueron años dolorosos y confusos que dejaron marca tanto a un nivel artístico como personal. Su más grande miedo era terminar abandonando su repertorio de música regional. La fuerza para seguir luchando se estaba marchitando lentamente y no podía saber en ese momento que todo lo que pasó era sólo un periodo de cambio. Pero seguía esperando por una segunda oportunidad.

En 2002 la obtuvo: regresó a Suecia y Dinamarca, donde retomó sus estudios en el conservatorio de música y eventualmente pudo volver a su primer amor, la música folclórica. En 2008 inició su propio grupo Edith Tamayo & Latincacao y justo un año después fueron nominados al Danish World Music Award por su composición Patita Salada.

Los proyectos

Actualmente, Edith trabaja en diferentes proyectos musicales como Cachao & Tamayo y Edith Tamayo & Trio Domison.

En el primero, con Lázara Cachao López, pianista hija de la leyenda Orlando Cachaíto López de Buena Vista Social Club, de quien heredó en abundancia el talento musical. Juntas crean sonidos que flotan como brisa caribeña que refleja el corazón de América.

El grupo está conformado por Edith Tamayo en la voz, Lázara Cachao López en el piano, Yasser Pino en el bajo y Yohan Ramón en percusiones.

Edith Tamayo & Trio Domison está conformado por Edith en la voz, Ernesto Manuitt en la voz, cuatro, guitarra y percusiones, Elvio Bravo en voz y guitarra y Yasser Pino en voz, bajo y guitarra.

Los cuatro impresionantes músicos ofrecen la belleza de la música de América Latina con un delicioso y cálido sonido acústico que emana del alma. Llevan con orgullo el legado de nuestros predecesores, el bello repertorio con lo mejor de México, Cuba y América del Sur en sensuales boleros, son montuno y cha cha cha desde Cuba y Puerto Rico; joropo y merengue de Venezuela, bossa nova de Brasil, ballenato de Colombia, tango de Argentina y huapango de México.

El nuevo álbum de Edith Tamayo, Coincidencias 2017, junto al Trio Domison y el talentoso músico Eliel Lazo, contiene algunas de sus composiciones.

Sigue a Edith Tamayo en su página y redes sociales.

www.edithtamayo.dk

Facebook /edith.tamayo.94

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