Cuida tus palabras

(El poder de Byblos)

Por: Manuel Sañudo

“Determinarás asimismo una cosa, y te será firme”

Job 22.28

La palabra, hablada y escrita, tiene un enorme poder sobre las personas, lo que te obliga y responsabiliza a ser sumamente escrupuloso de lo que dices y escribes: en el qué, en el cuándo, en el cómo y a quién.

El término “byblos” llegó al latín del griego, de la raíz biblia o libros – forma diminutiva de byblos – que eran papiros o papeles que se exportaban desde el antiguo puerto fenicio de Biblos. Es tan grande el poderío que tienen las palabras que, en la antigüedad, ciertos sacerdotes se opusieron fuertemente a la propagación de la palabra escrita – o byblos- pues creían que esta invención humana era más terrible y destructiva que cualquiera de sus artefactos de guerra.

Desde entonces, la gente pensante sabía de la fuerza de los vocablos, y de la ventaja que representaba para ellos de manipular al pueblo mediante discursos. Es claro que, al menos estos sacerdotes, pensaban antes de pronunciar sus palabras.

Lamentablemente abundan los individuos que hablan antes de pensar, y no miden el impacto que provocan en los que les escuchan o leen lo que dicen. Desde los presidentes y políticos, pasando por los grandes, medianos y pequeños empresarios, los escritores, locutores, y también la gente común y corriente.

Veamos un ejemplo: si un ejecutivo interactúa con el director general, y si éste es una persona que practica la virtud de pensar antes de hablar, seguramente cuando el funcionario le pregunte de algo, aquél hará una pausa de varios segundos y luego dará su respuesta, una que sea lacónica, veraz, y sin ir más allá, para no generar expectativas que no pueda cumplir, o para que el ejecutivo no se desenfoque en acciones improductivas. Si, contrariamente, el jefe inmediato del ejecutivo expresa mensajes opuestos a los del Director, éste pobre hombre quedará en una encrucijada decisoria muy angustiosa.

En este contraste de formas de hablar – o de escribir -, ya te imaginarás la parálisis en la ejecución de las decisiones, y los esfuerzos desperdiciados ante el deseo de cumplir con dos órdenes contrapuestas.

Lo expuesto pone de relieve el ímpetu de la palabra en una relación comunicativa de uno a uno, como diálogo o como monólogo.

Ahora, imagina esta comunicación en un plano grupal, dentro y fuera de una empresa, y aprende lo mucho que debes de vigilar tus expresiones y escritos para que preveas los posibles efectos en los receptores de tus comunicados, y en los resultados integrales de tus proyectos. Mucho más habría que abundar en el campo de la comunicación masiva con tus clientes y tu comunidad, en términos de publicidad, correo directo, letreros, señalizaciones, etcétera, pues en la mente de todos ellos se quedan grabadas las palabras, y todos gravitamos en dirección de nuestros pensamientos dominantes.

Recuerda que tu mente sencillamente no opera – pues no puede hacerlo – en función del reverso de una idea. Por ejemplo, si tú le dices a un colaborador: “No me vayas a fallar”, en realidad lo estás metiendo en aprietos.

Mucho podrás mejorar los resultados de tus colaboradores empleando un lenguaje que evoque imágenes del efecto deseado en la mente. Así, en vez de decir “No me vayas a fallar”, podrías recomendar: “Confío en tu mejor esfuerzo para cumplir con tu tarea”. Quizá parezcan sutilezas, pero son tan importantes que pueden hacer la diferencia.

Los vocablos que empleas afectan las maneras de pensar – y de sentir y de reaccionar – de las personas a quienes te diriges: clientes, empleados, proveedores, familiares, amigos, aliados y público en general.

Obligadamente debes de sensibilizarte sobre el gran compromiso que tienes al expresarte por medio de palabras… Del antiguo Byblos.

Manuel Sañudo Gastélum

Coach y Consultor

Sitio: www.manuelsanudocoach.com.mx  Correo: manuel@entusiastika.com

DR © Rubén Manuel Sañudo Gastélum. Se prohíbe la reproducción sin el permiso del autor.

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