Cuántas veces hemos escuchado hablar acerca de amar a tu prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Y es entonces cuando se me viene una pregunta: ¿Si amara a los demás como me amo yo, realmente sería un amor en plenitud?

Walter Riso nos dice que hemos sido educados en una cultura que predica el amor hacia los demás y condena el amor propio, olvidando que el primer requisito para querer a otra persona es que cada uno se quiera a sí mismo primero. Y es tan real esto, que con sólo pensar en satisfacernos, en comprendernos, en ponernos en “primer lugar”, es sinónimo de egoísmo, y pasamos la vida negándonos ese amor para no sentirnos culpables por pensar primero en nosotros.

Hay un refrán que dice “candil de la calle, oscuridad de tu casa”, y eso es exactamente lo que hacemos, dejamos de reconocernos por reconocer a los demás, dejamos de amarnos y nos desbordamos de amor hacia los otros. Nos juzgamos como si fuéramos nuestros peores verdugos y somos benévolos y comprensivos con los demás.

Pero quiero decirles que cuando dejamos de vernos, cuando no fortalecemos nuestra autoestima y vivimos pensando que mientras esté bien el otro, estaré bien yo, sólo fortalecemos nuestra dependencia hacia los demás, nuestra inseguridad y miedo al rechazo, nuestro estrés, ansiedad, problemas con la pareja, contrario a lo que pensamos que dando todo, nuestra relación se fortalece, pero dejen decirles que no, al final sólo terminamos siendo víctimas de nosotros mismos.

Cuando activamos el amor propio, damos el primer paso hacia cualquier tipo de crecimiento psicológico y mejoramiento personal y con esto no me refiero a la parte oscura de la autoestima, a la egolatría, sino a la capacidad de reconocernos, sin vergüenza y miedos, las fortalezas y virtudes que poseemos e integrarlas al desarrollo de nuestra vida para hacerla más saludable y llevadera. La conclusión de los especialistas es clara: si la autoestima no posee suficiente fuerza, viviremos mal, seremos infelices y ansiosos.

Un amor propio saludable y bien constituido partirá de un principio fundamental: “Merezco todo aquello que me haga crecer como persona y ser feliz”. Me-rez-co, pronunciado y degustado. Cuando activamos el autorreconocimiento, recibimos el bienestar implícito en él.

Al final, lo que pensamos del sufrimiento no importa, nadie merece sufrir innecesariamente, y cuando logramos entender esto, nos estamos respetando. Si no logramos mantenernos fieles a nosotros mismos, a nuestra esencia, a lo que somos, no lograremos una felicidad completa y sólo viviremos sin atrevernos a encarar retos y seremos incapaces de creer que merecemos el éxito en nuestras vidas.

Por: Graciela Cueto Serrano


Experta en Comunicación y Desarrollo Humano

Graciela Cueto en Pláticas de Café

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