La muerte es un proceso tan natural y tan inseparable de la vida, como el nacimiento. Pero el problema con la muerte consiste en que en ocasiones toca experimentarla muy de cerca, como cuando llega a su fin la vida de un familiar, de un amigo o de un compañero de trabajo. Justo en esa circunstancia es cuando atravesamos por una serie de sentimientos, que nos hacen sentirnos tan vulnerables, porque exponen nuestra fragilidad en medio de la amargura. Son sentimientos que no estamos preparados ni educados para sobrellevarlos y poder convivir sanamente con ellos.

Se ha escrito y hablado mucho sobre la mejor manera de sobrellevar tu duelo, sin tomar en cuenta que el dolor ante la pérdida de un ser querido, de un trabajo que proveía el sustento de tu familia, la pérdida de una mascota que ya tenía 12 años viviendo contigo, el robo de un auto o una ruptura amorosa también son duelos que llevamos simultáneamente casi sin percatarnos de ellos.

Un duelo suele caracterizarse por la edad, la religión, el entorno social, la familia y un sinfín de factores que son tan diferentes en cada ser humano. Nuestra mente reacciona de formas tan distintas cuando este suceso llega a nuestras vidas o bien cuando impacta al seno familiar. Las reacciones llegan a ser muy intensas, con diversos cambios conductuales y emocionales que marcan las vidas, inducen actitudes y generan conductas por tiempos que son variables, según cada individuo y familia.

Considero indispensable que debe impartirse una educación, desde temprana edad, para ir asimilando el enorme conjunto de pérdidas que tenemos en nuestras vidas y nos ayude a sobrellevarlas y a aceptarlas, para disminuir el estrés postraumático que suelen generar.

Como adultos tenemos la ineludible obligación de estar conscientes y de formar consciencia al respecto. Conviene hacer de vez en cuando un ensayo mental, pero frecuente. Si bien esto no significa programarte para morir, significa restaurarte, vivir en paz y consciente de todo lo que tienes y lo que careces.

Amor y perdón significan que no estamos acostumbrados a escribir, a decir “gracias, mamá”, “gracias, amiga”, “te odio, ex – amigo, esposo, amante, vecino”. Ocultamos nuestras emociones porque hemos sido educados en la obligación de agradar, de decir que todo nos gusta, aunque la comida, los zapatos o el lugar nos parezcan horribles. Nos tragamos nuestras opiniones para aparentar estar felices y satisfechos. No se trata tampoco ni de faltar al respeto a las personas a nuestro alrededor ni tampoco de estarlas hiriendo sin compasión. Esto es más bien algo tuyo, personal, íntimo, donde te des cuenta realmente si esa persona te lastimó, o quedará grabada en tu corazón, en tu mente, de por vida.

Esta carta comienza por nosotros mismos, donde principalmente te rescatas tú, donde te perdonas, por lo que te has lastimado, por no aceptarte, por lo que no te has permitido. Hay muchas situaciones por las cuales debemos casi obligatoriamente pedirnos perdón a nosotros mismos, pero también principalmente debes agradecerte y reconocerte por los logros que has alcanzado, los cuales seguramente no son pocos; por lo que vales, por lo que sientes, por tus valores, por la vida. Simplemente por ese gran placer y lujo de poderla vivir.

Seas o no creyente, es fundamental que entiendas que cada ser humano puede trascender a la muerte, cada quien en su tiempo y a su manera. De esta forma, la muerte no es ni final, ni definitiva. La existencia continúa en otro plano, por lo que hiciste y en quienes dejaste algo valioso de ti. Por ello, es muy importante despedirse con tiempo de nuestros seres queridos antes de cerrar nuestro breve recorrido por esto que llamamos vida. Es indispensable no esconder la muerte bajo la alfombra o bajo el sofá de nuestra sala, sino que tenemos que aceptarla y reconocerla como una parte natural y esencial de la fragilidad de la existencia humana. Cuando logramos esto, es una victoria que nos permite no ser tan vulnerables ante este hecho ineludible de la vida.

Y recuerda: “La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir”. (Carl Gustav Jung).

 

Por: Erendira Paz

Psic. M.C. Clínica Erendira Paz

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