ÁMBITOS

LUIS RUELAS

“El día que ustedes se casen, vendrán a mi casa porque extrañarán mi comida”, fue lo que dijo mi madre hace ya unos años. Al siguiente día, busqué una escuela para estudiar gastronomía.

En realidad fue algo más complejo, mientras estudiaba la carrera de Ingeniería en Industrias Alimentarias en el Tecnológico de Monterrey, en la ciudad de Monterrey, me comenzó a picar la cabeza el estudiar algo relacionado con el diseño gráfico, el diseño de modas, y gracias a la nueva idea de mi madre, la gastronomía. Al final opté por la que podría mezclar un poco el amor, lo sé, es tan cliché, a las artes plásticas y el amor siempre fiel a los alimentos.

Desde muy pequeño mostré interés por realizar actividades que denominamos artísticas comúnmente. En mi caso, solían inscribirme a campamentos, sesiones o clases de verano en el DIFOCUR, en la ciudad de Culiacán, que fue donde nací. En las clases en general, solía dibujar y escribir de una manera muy curiosa los apuntes, a modo que me percaté que la mejor manera de poner atención era por medio de imágenes mentales, y a su vez, así plasmarlas tanto en trabajos como en cualquier asunto de la vida cotidiana.

Llega el momento en el que debo estudiar una carrera, por lo que decido hacerlo en la ciudad de Monterrey. Empezando con la ingeniería mencionada al principio, y luego un cambio a la Licenciatura en Gastronomía, en el Instituto Culinario de México.

A lo largo de la carrera voy descubriendo diversas formas de, no sólo cocinar, sino también poder mostrar de manera artística varios de los elementos que se manejan en el mundo gastronómico: el emplatado, el decorado, la mezcla de colores, de texturas, de tamaños, el azúcar, el chocolate y el inminente nacimiento del amor a lo dulce.

Mientras que los primeros lugares en los que estuve laborando fueron en el área salada, poco a poco me fui adentrando al mundo de la repostería. Ante mis ojos, mil posibilidades, entre ellas, los colores. Una extraña obsesión por mezclarlos, y remontarme a aquellos años en los que de niño pintaba y dibujaba como pasatiempo.

Entre los lugares que tuve oportunidad de formar parte del equipo de ambiente laboral, tanto de prácticas como de trabajo, está Alain Rolancy, en Lyon, Francia.  Boutique de Repostería, dirigida por el chef galardonado como MeilleurOuvrier de Francia en Repostería. Fue entonces que decido dedicarme por completo a esta área de la gastronomía.

Aventurándome al Distrito Federal, surge la idea de comenzar a trabajar de manera artística con productos de repostería, dándole seguimiento de vuelta a Monterrey con el proyecto Pitahayaneon. Enfocado al arte en galletas personalizadas.

Teniendo la oportunidad de volver después de bastantes años a Culiacán, se me ofrece un proyecto como asesor en una pastelería. Volviendo a la gastronomía con la que crecí y me enamoré desde pequeño, veo un mercado diferente, el de los pasteles, que no se veía de igual manera en Monterrey. Entonces sigo el proyecto de Pitahayaneon en ésta ciudad, con un enfoque a los pasteles artísticos, llamativos, poco convencionales, kitsch.

Actualmente voy de un lado a otro entre Monterrey y Culiacán, además de hacer envíos de productos a toda la república. Siendo las redes sociales mi principal medio de comunicación con los clientes.

La idea de Pitahayaneon: que tu producto sea un excelente detalle, diferente y original. No suelo repetir alguno de los pasteles o las galletas. La idea es que sea como un cuadro artístico, siendo el pastel el lienzo. Trato de reinventarme de vez en cuando. Me aburro muy fácil de lo común y de lo repetitivo.

¿Lo que deseo en un futuro? Que las personas puedan conocer diferentes productos, fuera de lo que consumen a diario. Los mismos lugares, la misma rutina. Siempre hay una sorpresa, un deseo por saber cómo será lo que van a recibir. La mayor satisfacción: la sonrisa y el agradecimiento.

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