Hoy, exactamente hace 20 años, no tengo la menor idea qué estaba haciendo. Los días son así, nos sorprenden casi siempre hasta que ya pasaron. Hasta que lo que creemos que fue nos gusta más que lo que realmente pasó y terminamos por recordar como realmente no sucedieron las cosas. Pues bien, el Vive Latino cumple 20 años y las añoranzas parecen estar incluidas en el boleto de entrada. Tantos años después de aquel primero, todos los videos, los carteles, las anécdotas, los escenarios, las emociones, los palomazos, las canciones… las tantas canciones, parecen pertenecer a un mismo momento en la memoria colectiva. El denominado por muchos como “el festival de rock más importante de Hispanoamérica” se ha convertido en sinónimo de cultura misma. Sin embargo, la importancia del Vive va más allá de su permanencia. Es su génesis mismo el que debemos siempre celebrar y agradecer.

Hay algo que es muy cierto, quizá lo único que realmente lo es: cuando en 1998 anunciaron el Primer Festival Iberoamericano de Rock, el rocanrol en México se escuchó más fuerte que nunca. Había pasado poco más de una década desde que el rock había salido del ahogo de la persecución en la cual cayó con el Festival Avándaro en 1971. Es extraño cómo fue que la gran convocatoria del festival –recordado por su expresión de libertad, camaradería, de música y de paz– haya provocado un miedo cobarde entre los grupos de poder en el país. Obligando a que el rock fuera silenciado y desaparecido casi en su totalidad durante más de una década. Sin embargo, los comprendo. Tenían que temerle a una generación que, a pesar de toda la opresión de los años recientes, aún se atrevía a cantar. De no haberlos callado, pudo haber derivado un México muy distinto. Éramos un peligro para el autoritarismo.

No fue hasta mediados de los 80’s cuando un movimiento de música alternativa a lo largo de América Latina y España logró, de forma más abierta, celebrar la identidad compartida de toda una juventud. Así, con bandas como Soda Stereo, Caifanes, Los Fabulosos Cadillacs, Maldita Vecindad, Miguel Ríos, Git, Fito Páez, Los Rodriguez, Los Prisioneros, Héroes del Silencio, entre tantos otros, se forjó el ahora recordado Rock Ñ o Rock en tu Idioma. Es cierto que siempre hubo algún rincón en todas las ciudades en donde se escuchaba rock, incluso con recitales y algunos masivos. Pero por lo general estos no pertenecían al estándar del mercado, por lo que recibían poco apoyo y proyección. A pesar de la gran cantidad de música alternativa que se producía y de jóvenes que la consumían, faltaban aún espacios donde ésta y su identidad se pudieran solemnizar de forma total.

He ahí la importancia de la apuesta de Jordi Puig. El autor intelectual del Vive reconoció el vacío que había en la escena alternativa. Obviamente no se puede hacer a un lado la gran oportunidad económica, pero honor a quien honor merece y que le aproveche. Puig acertó y de forma grandiosa. El rock y su público al fin habían madurado y ya en 1998 éramos muchos. Unos más jóvenes que otros, pero abarcábamos tantas generaciones que todos juntos éramos un potencial de convocatoria increíble; y así mismo fue. En aquella primera edición se estima que llegaron unas 20 mil almas, que para 2018 se convirtieron en 160,000. El gran incremento en asistencia no es coincidencia. Desde aquel inicio, el Vive se ha transformado en la celebración alternativa (también a veces norteña, sonidera y guapachosa) más importante y anticipada del país. Para los músicos llegar a sus escenarios es consagración, así de sencillo. Desde bandas nacionales a internacionales, todas saben que el público del Vive no solamente exige más bien sabe valorar lo que escucha y nunca olvida al que los hace cantar.

20 años después, apuesto a que pocos recuerdan lo que significa aquel 1998 en la historia de la música nacional. Ahora lo que más preocupa es si son dos o tres días de festival, si viene alguna banda extranjera importante, si los horarios concuerdan, si va a tocar otra vez Panteón Rococó, o si van a tocar suficiente cumbia. Preocupaciones que son un lujo y un reflejo de lo lejos que estamos de aquellos inicios del rock en México. Si bien el festival no es perfecto y siempre habrá algún descontento, el Vive logró lo que siempre se le había negado al rocanrol nacional: la consolidación y legitimación tanto cultural como económica. Hecho que provocó la apertura de espacios y el interés comercial; lo que a su vez ayudó a que el movimiento pudiera crecer y evolucionar hasta el punto tan rico en el que se encuentra ahora. Obviamente aún resta mucho camino que recorrer. Pero sin duda en un país donde la banda es ley, lo norteño es necesidad y el reggaetón parece infección, el rock sigue creciendo y eso es hermoso. Yo no me atrevería a decir que es el festival más importante en Hispanoamérica, más cuando existe el Cosquin Rock y el Rock al Parque, pero sin duda es el evento más importante para la música alternativa nacional y eso vale todas las idealizaciones que le quieran colgar. Feliz 20 años Vive Latino. Gracias por tanto rocanrol.

Por: Víctor Garcés

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