El aeropuerto José Martí, más específicamente su terminal tres, era el más rústico que había visto hasta ese día: carente de cualquier vestidura digital o publicidad dinámica, solo un torniquete metálico que daba paso a la sección de migración. Ni siquiera los baños tienen agua,  escuché quejarse a una pelirroja. No detecto el Wifi, dijo una niña con tableta en mano.

−Chavarín Montoya Jorge Iván… de turismo.

Le respondí a una trigueña con nariz de cacatúa. Me sentí como Jim Morrison arribando al aeropuerto de París. Me sonrió y no pude negar que era linda. Siempre he visto algo atractivo en las chicas de nariz grande, como si ese órgano fuese una marca de su picardía. Las narizonas son las más tremendas, recordé algún dicho popular de la preparatoria, pero ¿no lo son también las orejonas, las trompudas y las dientonas?

−Cara seria ante la cámara− me ordenó la cacatúa para tomar la foto y después solicitar mi pasaporte−. De Sinaloa, México− me dijo sonriendo y apretó el botón verde para darme el paso.    

Las bandas chillaban y mi mochila roja no aparecía. Me revolvía el estómago pensar que tal vez la hubiesen esculcado y robado el encargo. Muy mal quedaría ante La Raza. Busqué por otras bandas con la esperanza de que se hubiese mezclado. Un descuido de algún novato, eso debía ser. Imaginé a un par de policías abriendo el paquete gracias a la advertencia de un perro y a una aeromoza con el registro de pasajeros. Pertenece a un mexicano, seguro trae drogas. Ya me veía dentro de un cuarto de interrogatorio intentando explicar como un simple muchacho culichi se metió en esa operación. Culpable, diría un juez, igual que todos, con la cara de Fidel Castro, Por romper los ideales del pueblo cubano con tu maldito tráfico.

Me carcomían los nervios cuando pasaban los encargados de seguridad: obesas figuras vestidas de blanco o verde militar que me ofrecían, en voz baja, supuestos servicios de transporte más baratos que los oficiales. Por menos de 20 dólares, chico, mi hermano te lleva hasta tu hotel. Negaba con una sonrisa y ellos se alejaban enojados. La maleta apareció minutos después en una última tanda junto a las de unos de ancianos que venían con sus nietos. Quién lleva a sus nietos a Cuba. Toqué los extremos para confirmar que todo estaba en orden y la puse en mi espalda. Por lo menos esta noche no les quedaría mal. Levanté con dificultad mi equipaje. Mi regla de oro era: Nunca documentar más de 16 kilos, mucho equipaje estropea la experiencia, pero esto era una excepción, esos siete kilos que rompían mi tesis eran una brutal excepción.

Gracias a Cristóbal, quien había conocido a La Raza dos años atrás, me puse en contacto con Annie Cuesta, le compartí  mis intenciones de conocer la isla y recorrer Trinidad y Matanzas. Me habló maravillas de su tierra: las playas turquesas a unos pocos kilómetros de La Habana donde visitaba una distinta cada semana con sus amigos, el verde del parque Almendares donde Tito (su novio) le propuso juntar sus vidas, los tonos pastel de amarillos y azules de las casas de sus conocidos que beben café con ron al salir el sol. Pero también me advirtió de su limitado internet, el calor eterno y de su gastronomía poco variada. Siempre pollo, platanitos y pizza. Continúo presumiendo los conciertos en La Fábrica de Arte Cubana y las noches de charadas en el malecón con sus amigos. Annie era del tipo de chicas que compraba videos piratas de YouTube sobre viajes y maquillaje, pero también Annie era del tipo de chicas que operan una pequeña organización ilegal. Días antes de volar, cuando la travesía ya era segura, Annie me habló de La Raza, de su modo de operación y me ofreció hospedaje en la capital a cambio del encargo que en esos momentos golpeaba mi espalda.

El letrero decía: Chavarín; mi nombre estaba escrito en letras rojas, algo austero pero me sentía importante, a fin de cuentas era la primera vez que alguien se tomaba la molestia de recibirme de esa forma. Reconocí a Annie por las fotos. Era más linda en persona, resaltaba: sus labios carnosos, la cintura pequeña, la piel quemada por su gusto playero y el cabello pintado de rubio, igual que la cacatúa, igual que algunas chicas de mantenimiento e igual que muchas cubanas que vería a lo largo de mis tres semanas vagando por la isla. Me abrazó como si fuésemos viejos amigos, me obsequió el letrero junto a una pequeña botella de ron y empezó a hablar sobre su familia, la habitación donde me iba a quedar, de la Fábrica, de los lugares donde podríamos cenar esa noche, de todo menos del encargo.

Cambie los diez mil pesos que traía de viáticos por 553 CUC. Me sentí estafado. Annie sonrió y me dijo que no me preocupara que eso era suficiente para llevármela en grande, que para un cubano esa cantidad eran varios meses de trabajo. Me tomó de la mano y entramos a un taxi. Era de noche pero había suficiente alumbrado para observar las palmeras y las pequeñas casas laterales.

−Todos esos son Paladares, por aquí hay muchas playas− dijo Annie que seguía sin preguntarme por la mercancía.

−¿Paladares?

−Lugares donde se les permiten a las familias cubanas vender: cerveza, pizza y arroz más barato que los restaurantes.− me respondió solo para abrirme el apetito− ¿Qué te gustaría cenar?

No supe que contestarle. La pregunta me llegó de golpe. Yo solo quería entregar el paquete. Ella notó mi desorientación, sonrió y le dijo al taxista que nos llevará a La Española, que ahí nos bajaríamos. En esos momentos me di cuenta que Annie no había tomado un taxi al azar, que el tipo pelón con una camisa pirata del Real Madrid era su amigo, probablemente otro miembro de La Raza o por lo menos un colaborador.

−La Española tiene las mejores pizzas de toda Cuba. Además a estas horas solo podremos encontrar: pizza y pan con cerdo. Si tienes la oportunidad pídele a Doña Mary que te preparé unas chuletas de cerdo, esas con un potaje son lo mejor de toda Cuba.   

Uno de mis grandes sueños de infancia fue ser un pirata, me imaginaba en un barco con bandera de calavera cruzando los siete mares y traficando especias y metales preciosos por todo el mundo, hasta le pedí a mi abuela que me hiciera un parche para el ojo. Varios años más tarde había atravesado el mar del caribe con tráfico en mano. Intenté compararme con la imagen de los piratas ingleses: una suerte de barba negra, pues seamos francos no existe tanta diferencia entre los barriles cargados de nuez moscada y las botellas plásticas con esa mucosidad que cargaba en mi mochila roja: el tráfico es el tráfico y la acción de transportar la mercancía ilegal en aviones del siglo XXI es equiparable a los galeros del XVIII. Con la lógica anterior podía autoproclamarme un pirata contemporáneo aunque de seguro no llegaba ni a Jack Sparrow en la peor versión de Piratas del Caribe.

Abrí mi mochila roja y saqué los tres botes que me había encargado, ya no soportaba tenerlos conmigo, quería deshacerme de una vez por todas de esa responsabilidad, dejar de jugar al aquí no pasa nada. Annie empezó a reírse para después abrazarme.

−Muchas gracias, ya pensaba que se te había olvidado.

Y Annie no paraba de abrazar las botellas como si fuesen cofres del tesoro. De restregar su rostro en el plástico para tratar de sentir esa mucosidad, esa mezcla de tóxicos que le haría ganar mucho dinero a La Raza. Me sentí realizado pero un poco culpable de violar las reglas de un país, de decepcionar los ideales de un juez con cabeza de Fidel Castro, Acabas de impregnar en mis tierras la semilla del imperialismo.

Annie era del tipo de chicas que se ponían en contacto con aeromozas chilenas y brasileñas para conseguir su mercancía. Un engrane clave en la maquinaría de La Raza. Del tipo de chicas que visitan los aeropuertos para mover mercancía sin que nadie se diese cuenta. Del tipo de chicas que convencen a un inocente mexicano de traer ilegalmente a Cuba seis litros de queratina para después venderla al quíntuple de su precio original en el mercado negro.

La Habana

20 de julio, 2017

M. E. Jorge Iván Chavarín

jorgei.chavarin@gmail.com

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