Usted puede vivir hoy más feliz y con menos problemas

Usted puede vivir hoy más feliz y con menos problemas

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Nuestro mundo se presenta a diario saturado de problemas, las tragedias y las catástrofes. Pareciera pues que todos los avances de la ciencia y la tecnología actuales no se traducen en un mayor estado de felicidad. Y caben entonces dos preguntas: ¿Todo esto para qué? ¿Qué necesito hacer para vivir más feliz?

Hace algunos meses escuché por radio a una predicadora religiosa decir una frase que me impactó mucho. —“¿Quieres empezar a mejorar hoy tu relación con Dios? Es fácil. Cuida tu lengua”.— Me impactó mucho apreciar la enorme diferencia que esto puede generar en mi vida y en la de todos: Cuida tu lengua.

Hablando bien tenemos el poder de convocar a nuestros vecinos para limpiar un parque o de invitar a nuestros amigos para cooperar ante la desgracia de un conocido que esté enfermo o sin trabajo. Pero desafortunadamente nuestras palabras son un arma devastadora con una potencia casi infinita cuando se trata de destruir. Baste hablar mal de una persona ante un grupo para que su honra y su prestigio queden hechos añicos o bien, puestos en duda.

Practiquemos las enseñanzas de Sócrates, el filósofo griego: Si lo que voy a decir no es verdadero, bueno y útil, lo mejor es siempre permanecer en silencio.

Los seres humanos constantemente elaboramos juicios, calificando o descalificando todo y a todos a nuestro alrededor por su apariencia, vestimenta, religiosidad, inteligencia y su conducta. Esto de entrada no tiene nada de malo ya que requerimos de filtros o paradigmas para entender el mundo que nos rodea.

Lo malo comienza cuando además de hacer un juicio interno, nos convertimos en jueces y verdugos ejecutores incluso de cosas que no hemos ni visto ni escuchado, sin entender que con la misma regla que medimos seremos medidos. Como dice Arjona: “De mi barrio la más religiosa era doña Carlota y me ponchó mil pelotas.” En la serie de TV “The Crown”, el gabinete del gobierno de Inglaterra prohíbe la boda, por motivos religiosos, de la princesa Margarita con Peter Townsend porque él era divorciado. La Reina Isabel responde: “En este mismo gabinete hay cuatro divorciados, incluído usted, Señor Primer Ministro.”

La codicia, la ambición desmedida, la envidia, los celos, son avivadas e impulsadas por lo que a diario escuchamos y pareciera que estamos acostumbrados a una doble o triple moral y nos gusta aplicar la ley del embudo: “ancha para mí, muy estrecha para los demás”. Por eso existe mucha sabiduría en las consejas populares tales “Calladito te ves más bonito”, “En boca cerrada no entran moscas” y “Siempre tendrás más problemas por lo que dijiste que por lo que callaste”.

Cuidando y midiendo lo que decimos, cambiamos la vida de nosotros y sobre todo la de quienes nos rodean, evitamos generar conflictos innecesarios, mejoramos significativamente la calidad de vida de forma efectiva y además económica, ayudamos a construir un mundo mejor donde todos podamos vivir más felices. Entendamos que mucho de lo que sale de nuestra propia boca se regresa y aumentado. Hablar mal de los demás —aunque parezca apetitoso o divertido— siempre resulta en un desgaste innecesario, para el que habla y para el que escucha.

Dejemos de prestar oídos a quienes hablan mal. Y como dicen en Alcohólicos Anónimos, “sólo por hoy” vamos a hablar bien de nuestros semejantes. Generemos un cambio en nosotros para provocar un cambio en el mundo.

La prudencia con nuestra comunicación oral no debe llevarnos a la indiferencia, por ejemplo, a no denunciar un crimen o a quejarnos con quien corresponda de algún problema en nuestra comunidad, en nuestro trabajo, en nuestra escuela. Recordemos pues que la palabra tiene un gran poder, y un gran poder siempre lleva una gran responsabilidad.