Un árbol contra la tormenta

Un árbol contra la tormenta

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Cuando pasó la tempestad, fue la unión de sus raíces lo que los mantuvo de pie. Esto, además de ser una muy romántica idea de cómo la unión sí hace la fuerza, es ejemplo de que la madre naturaleza nos lleva una infinita ventaja en astucia y le podemos aprender una o dos cosas para sobrevivir como especie.

Los árboles, que no pueden buscar refugio durante una tormenta, un incendio o una nevada, han desarrollado mecanismos de adaptación increíbles. Por ejemplo, los árboles del bosque se protegen entre ellos de los fuertes vientos creciendo muy juntos e incluso pueden fusionar sus raíces entre varios individuos para tener mayor resistencia a los tirones de trombas y huracanes.

De acuerdo con una publicación de la Universidad de Washington guiada por la ecóloga Nalini Nadkarni, algunas veces las raíces de parejas de árboles están tan interconectadas entre sí que, al morir uno, el otro también muere.

Ellos que no pueden buscar refugio sí pueden salvarnos la vida: una superficie arbolada puede absorber el 15% de las precipitaciones más fuertes o hasta el 100% en una lluvia ligera, y les hemos quedado a deber por mucho. Habitan de la Tierra desde hace 385 millones de años y nosotros desde apenas hace 200 mil, y en ese lapso hemos mermado el número de árboles del planeta a casi la mitad. El 46% de los árboles del mundo han sido eliminados desde que los primeros homo sapiens empezaron a talar. Si seguimos con este ritmo, los árboles desaparecerán de la Tierra en 300 años, una estimación publicada en 2015 por Nature, una revista de ciencia y tecnología en la que se apunta que hay un promedio de 422 árboles por cada humano, tres billones en todo el planeta de unas 70 mil especies.

La buena noticia es que hay más de los que se pensaba. La mala es la exagerada deforestación a la que hemos contribuido. En México tenemos una responsabilidad muy grande en este tema y no lo podemos evadir: nuestro país ocupa el lugar 11 en la lista de países con mayor superficie de bosques y selvas.

En su libro ‘La vida secreta de los árboles’, el agente forestal Peter Wohlleben abunda en detalles para que entendamos cómo sienten y se comunican los árboles entre sí para conferirles el valor que merecen en nuestras vidas, y las implicaciones de dañarlos y herirlos. Menciona, por ejemplo, que en primavera, cuando el agua fluye por los árboles para llenarse de nutrientes, los pájaros suelen realizar pequeños agujeros en las ramas más finas. Estas aparecen como líneas punteadas y son heridas, el árbol empieza a sangrar. “La sangre de los árboles no tiene un aspecto dramático, sino que parece agua. Sin embargo, la pérdida de estos fluidos corporales tiene el mismo efecto negativo que una hemorragia en los humanos”, la diferencia que nos hace no alarmarnos es que no manifiestan su dolor por ese daño, pero su organismo resiente los efectos de una hemorragia de la misma manera e incluso pueden morir por ello.

Este valioso elemento natural que tranquiliza nuestra agresividad urbana, que nos da alimento, oxígeno, sombra y frescura contra los calores más hostiles, necesita de nosotros. El árbol urbano es particularmente vulnerable sobre todo porque vive como individuo aislado, con espacio limitado y muchas veces dañado por las malas prácticas de poda. Quizás no tiene a otros árboles con quienes compartir raíz para afrontar la adversidad, pero nos tiene a nosotros, que sí podemos movernos para ayudarlo a sobrevivir.