Tripulante de una nube

Tripulante de una nube

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A principios de 1950, los aviones volaban mediante motores de hélices, aún no existían los propulsados por turbinas. Eran aparatos comprados a los gringos y de tercera mano; quizás reciclados de la Segunda Guerra Mundial. Todo eso yo no lo sabía; la importancia de ese viaje me ha hecho investigar muchos detalles de cómo pudo haber sido. En cierta forma, quizá aún no me he bajado de ese avión.

La fascinante emoción de volar; no he sentido nada tan remotamente parecido, en especial porque, con las bolsas de aire, el aparato cae en una seriada feria de vaivenes que hacen que parezca un encantado subibaja en las nubes. A la mayoría de los pasajeros adultos les afecta el balancín flotante. Algunos vomitan y se escuchan enfermos, pero a mí me parece una sensación de lo más divertida (es curioso ver como el miedo hace que se mareen las personas adultas). Ahora que lo recuerdo, puede que ese haya sido el momento en que por primera vez comprendí que el miedo es algo que se aprende, y el momento en que decidí que era una buena idea no aprenderlo. Por supuesto, yo ya había aprendido el miedo, y eso lo recordé muy poco después de aterrizar.

No ha terminado mi experiencia de sentirme valeroso y sin miedo ante los brincos del avión cuando éste, bruscamente, aterriza con un agudo chillido; imagino una nubecilla negra de humo saliendo de las llantas al impactar la pista. El ruido de la máquina se hace más fuerte para luego terminar en la agonía de los motores frente a la alta mancha que es la torre de control del aeropuerto de Tijuana. No hay salas de espera, simplemente está una barda metálica que separa al edificio de la terminal aérea de la pista y del avión. Ahí, se apretujan las personas que van a recibir a los pasajeros… ¡Y ahí está papá!, lo reconozco a pesar de la bruma que me cubre el ojo derecho, lo escucho con su voz potente e inconfundible; ahí está esperando para llevarme al doctor a curar mis ojos. Tengo la sensación de que casi han sanado y hasta me atrevo a levantar un poco el parche del ojo izquierdo para ver mejor, pero la luz del sol me hiere la pupila. Con gran desánimo caigo en cuenta de que la enfermedad sigue ahí; el volar la había desvanecido de mi mente por completo.

Después de mi desembarco de pirata de los cielos, mi padre me abraza y me promete que todo estará bien y yo me siento feliz y seguro. En cosa de tres horas y media ya estamos en la sala del doctor, en San Diego, CA. Mi valentía de curtido piloto aviador me abandona y empiezo a sentir un miedo más intenso que el de los pasajeros del aeroplano… Algo doloroso está por sucederme.

—Hijo— dice papá, —si sabes malas palabras, empieza a decirlas todas, pues lo que te van a hacer es para eso… ¡y más!— Casi al instante siento el chorro de adrenalina por todo el cuerpo cuando el doctor y sus ayudantes me agarran de brazos, piernas y cabeza, para inmovilizarme por completo. Mientras, el médico principal abre a la fuerza mis párpados y en cada ojo, al través de un mini embudo, echa varias gotas de ácido para quemar la infección y, de paso, me ha chamuscado la córnea del ojo izquierdo. El dolor es insoportable. Tanto como para seguir el consejo de papá, como para sacar la rabia reprimida, me suelto diciendo a todo el equipo médico y de enfermeras: “¡Mensos!, ¡canijos!, y, y, y… ¡tontos!”, pues hasta ahí llega mi repertorio de maledicencias. Siento un poco de alivio al pensar que quizás los gringos no entienden el español, aunque quizá sí los insultos.

Pasado el dolor y el coraje, al día siguiente, papá me lleva a una tienda de tipo súper mercado, de las que empiezan a popularizarse en EU, a que yo escoja mi premio, muy merecido por el estoicismo desplegado frente al equipo de gladiadores médicos. Yo llevaba con orgullo mis heridas de batalla, y mi parche de pirata daba prueba de mi valor en combate. Como cualquier niño en juguetería, volteaba para todos lados, más aún por el hecho de tener que usar sólo el ojo derecho, el ojo bueno.

Saboreo las golosinas que me ha comprado papá, y me dan ganas de guardar las envolturas como recuerdo. En ese tiempo ya existían los “Milky Way”, y hasta la fecha no puedo verlos en algún aparador sin recordar esa tarde con mi padre, y lo fácil que es ser feliz cuando se es niño. Lo que más me gustó de esa caza de tesoros por la tienda, fue el regalo sorpresa que encontré dentro de la caja: una lupa de aumento, en miniatura de cristal, como la que usara el famoso detective Sherlock Holmes. Lupa en mano, mi hermano y yo nos divertimos bastante, pues observamos todos los insectos que salen al paso y disfrutamos de la magia de producir fuego en una hoja de papel, ¡con la luz del sol! El gusto nos duró varios meses, hasta que el cristal se rompió por accidente.

Ironías del destino, triste vaticinio de que uno de mis ojos necesitaría, de por vida, el cristal de aumento para más o menos ver bien.

Por: Manuel Sañudo Gastélum

Coach y Consultor

manuel@entusiastika.com

DR © Rubén Manuel Sañudo Gastélum

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