Todo hijo es padre de la muerte de su padre

Todo hijo es padre de la muerte de su padre

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Una vez leí la frase “todo hijo es padre de la muerte de su padre” y a decir verdad no la entendí. Tal vez todavía no era el tiempo para comprenderla, no entendía o no veía que mis padres estaban envejeciendo y que de alguna manera se volvían como niños.

Después de algunos años y de encontrarme nuevamente frente a frente con esta frase, la entendí en toda su extensión. Cuando de repente mi padre con cara de niño volteaba sus ojos hacia mí pidiendo ayuda y comprensión, cuando no entendía el porqué de nuestras miradas agrias por algunos de sus comentarios o comportamientos, o el simple hecho de verlo enojarse y “hacer berrinche” por situaciones que en su momento no hubieran causado mayor problema.

Mi padre ya no está con nosotros, pero ahora más que nunca esa frase reaparece y se hace presente con más fuerza. El autor de este texto es el poeta y escritor brasileño Fabrício Carpinejar, y en verdad resume todo ese proceso en el cual nuestros padres se convierten en nuestros hijos.

“Hay una ruptura en la historia de la familia, donde las edades se acumulan y se superponen y el orden natural no tiene sentido: es cuando el hijo se convierte en el padre de su padre”. Así comienza Carpinejar ese hermoso texto, donde describe el proceso en el cual nuestros padres, aquellos que nos tomaron de la mano, aquellos que veíamos poderosos, grandes, fuertes, empiezan a caminar lento, a encorvarse, a buscar nuestra mano para sentirse protegidos de la misma manera como nosotros lo hiciéramos con ellos, y es entonces cuando tenemos que empezar a mover los muebles de la casa, a quitar los jarrones, incluso a darles vasos de plástico para que no corran peligro de cortarse, así como ellos lo hicieron con nosotros.

Hoy más que nunca estoy consciente de esa frase, hoy más que nunca me siento feliz de entenderla. Ahora me toca con mis madres, que son como niñas malcriadas y desobedientes, sólo que la diferencia estriba en que no son niñas, son mis madres y necesitamos la paciencia que ellas tuvieron cuando éramos niños, pero también el respeto que merecen como padres.

“Y nosotros, como hijos, no haremos otra cosa sino aceptar que somos responsables de esa vida. Aquella vida que nos engendró depende de nuestra vida para morir en paz”, así continúa diciendo Carpinejar y, de repente, nos encontramos con la sorpresa de que nuestros padres han envejecido y dependen de nuestros cuidados y paciencia para sobrevivir.

Recuerdo el día en que mi padre me dijo que él ya no quería salir de casa, que no lo obligáramos a ir de paseo, que se sentía seguro estando “encerrado”, al mes, un infarto acabó con su vida. Y entonces, su muerte, se presentó tranquila y de cierta manera satisfecha, a tiempo, sin prisas, como fue la vida de mi padre.

Y ahora aquí de nuevo, contemplando a mis madres con ternura, con paciencia, con diversión, aunque sé que mis hermanas, que son las que más están presentes, de repente se sofocan ante dos niñas malcriadas, pero el gran amor que ellas nos dieron, ahora se refleja en el cuidado y paciencia con el que se les cuida.

Este mes celebramos el Día de las Madres, y las hay de todas las edades, unas que apenas empiezan la gran aventura que representa formar una familia, otras madres como las mías que se han convertido ya en unas hermosas ancianas –y que no sepan que les he llamado así porque me matan, porque la vanidad, esa no la pierden con los años–, y ahora en esta etapa la paciencia y los cuidados cambian de personajes, y nuestra presencia será más necesaria que nunca, porque como dice Fabrício Carpinejar “lo que un padre quiere oír al final de su vida, es que su hijo está ahí”.

Por: Graciela Cueto Serrano


Experta en Comunicación y Desarrollo Humano

Graciela Cueto en Pláticas de Café

@gracielacuetos