“Presten atención, ustedes que dicen: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y nos quedaremos un año. Haremos negocios allí y ganaremos dinero». ¿Cómo saben qué será de su vida el día de mañana? La vida de ustedes es como la neblina del amanecer: aparece un rato y luego se esfuma. Lo que deberían decir es: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello». De lo contrario, están haciendo alarde de sus propios planes, y semejante presunción es maligna.”

— La Biblia, Carta de Santiago, capítulo 4, versículos 13 al 16

Compramos agendas o apps de calendario para el smartphone. Damos por hecho que tendremos trabajo. Que la Revista Gente Sinaloa publicará sus doce ejemplares del año. Que una pareja de amigos se casará. Que haremos ese viaje deseado. Planes semejantes, llenaban la mente de más de 225 mil personas el 26 de diciembre de 2004 al despertar de las fiestas navideñas y ser alcanzados por una ola gigantesca que arrasó las costas de trece países, entre ellos Indonesia y Tailandia. Se fueron de forma inesperada y trágica, mientras otros, también con sus planes, se van de formas más sutiles y menos sorpresivas.

Es probable que usted esté pensando ahora mismo concretar un buen negocio, obtener cierto empleo, adquirir una casa, conseguir una novia para dejar la soltería o hacer cualquier otra cosa en el año que comienza. No hay defecto en ello: planear es incluso una virtud. La reflexión de Santiago con que inicia este artículo, por tanto, no busca desalentarnos de hacer planes, ni infundirnos temor, sino incentivar la humildad.

Creo con toda seguridad que nuestros planes nunca son independientes de Dios. La vida para hacer las cosas, y el destino que éstas tienen, todo, depende de él, por lo cual, hacer planes sin Dios, es ignorar al dador la vida: una forma de ateísmo práctico. Es, también, ignorar que nuestra vida pasa pronto. Sean ochenta y cinco, sesenta y dos, cuarenta y cuatro o veinte, nuestros años en esta tierra son pocos. Somos transitorios, efímeros.

El llamado, de cara a un año por comenzar, es sencillo: seamos humildes. Santiago dice “a ustedes les gusta hablar con orgullo, como si fueran dueños del futuro, y eso es muy malo”. Eso nos recuerda que todo está sujeto a cancelación. La serie mundial del 87, por un sismo. Las vacaciones, por un contratiempo. Los negocios, por una devaluación. Los viajes, por una falla del auto. Hasta las certezas más sólidas pueden ser frustradas, como cuando el presidente electo de Brasil, Tancredo Neves, “listo para asumir el cargo el 15 de marzo, fue internado 12 horas antes con una apendicitis aguda que lo dejó hospitalizado hasta su muerte, el 21 de abril” (abc.es, 1985). La vida es frágil. Y aun así nos jactamos.

Esa jactancia es la que, un día, movió al compositor Agustín Lara a incluir en su canción Palabras de Mujer la frase “aunque no quieras tú, ni quiera yo, ni quiera Dios, hasta la eternidad te seguirá mi amor”. ¿Aunque no quiera Dios? Fue la censura de la radio, y no alguna convicción, la que hizo a Lara cambiar esa frase por “lo quiere Dios”.

Damos por hecho que viviremos mañana, que los hijos entierran a los padres, que sólo mueren los ancianos, que todos seguiremos aquí. Mas nadie sabe si vivirá para entonces. Podemos ver tal futuro con curiosidad, lo que lleva a muchos a buscar adivinos. Podemos verlo con angustia, sobre lo que Jesús dijo: “no se afanen por el día de mañana, porque ese día traerá su afán; le basta a cada día su propio mal”. Y podemos verlo con presunción, por lo que Santiago nos invita a recordar que “nuestra vida es como neblina, que se aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece; en lugar de eso deberían decir: Si Dios quiere, viviremos y haremos esto o aquello”.

¿Es esta una amonestación sobre cambiar nuestro lenguaje? Sí, en parte. Lo que decimos muestra lo que pensamos, y si Dios no está presente en nuestras palabras, lo más seguro es que tampoco lo está en nuestros planes. Pero este consejo no es solamente acerca de lo que hablamos, sino sobre el corazón con el que hacemos nuestros planes. De lo que se trata, es de no tener vidas desconectadas de Dios, de considerarlo en todos nuestros planes y decisiones. ¡Que no nos falte corazón para ello, de cara al año que comienza!

Por: Héctor Urzúa

Pastor de la Iglesia Cristiana Senda de Gracia en Culiacán.

Director de la emisora en línea Dios de Gracia: La Radio de la Biblia.

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