¿Quién no ha sentido la fuerza y el poder del sentimiento de...

¿Quién no ha sentido la fuerza y el poder del sentimiento de culpa en alguna ocasión?

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El sentimiento de culpa es uno de los mayores problemas que invaden nuestra vida. Desde pequeños nos aturden con él demostrándonos que no somos libres y que todo lo que hagamos repercute en la vida de otros. Walter Riso, en su libro Pensar bien, sentirse bien, nos dice que la mente humana es capaz de crear el más deslumbrante paraíso, pero también los más terribles infiernos.

La culpa es un valor social. La premisa es como sigue: si cometes un error y no te sientes muy mal por ello eres malo o mala. Pero si te sientes muy mal por haberte equivocado, eres bueno. La paradoja del autocastigo: sentirse mal para sentirse éticamente bien.

La culpa es un sentimiento que nos amordaza y nos mantiene presos a cualquier sensación de bienestar que la vida nos brinda, esto mismo nos impide disfrutar de todo lo bueno y bello que se nos presenta en cada instante de nuestra vida.

Cuando la culpa llega nos invade un sentimiento que nos orilla a quedarnos agazapados y pensando que todo lo bueno que nos pasa, irremediablemente traerá arrastrando una consecuencia. ¿Quién soy yo para merecer esto? Y automáticamente la culpa aparece reflejándonos todo aquello que en su momento nos ha hecho sentir culpables y es entonces que este sentimiento llega al punto de no permitirnos avanzar y mantiene nuestros pies atascados, y al final, la culpa nos convierte en víctimas, víctimas de todo y de todos.

En el libro El arte de amargarse la vida, Watzlawick nos dice que no hay nada más difícil de soportar que una serie de días buenos, y añade, llevar una vida amargada lo puede cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende. ¿Y por qué digo esto?, porque sentirnos culpables es una manera de amargarnos la existencia y de evitar los instantes de felicidad que se nos presentan en nuestro día a día.

Cuántas veces nos hemos escuchado decir que no nos merecemos tanta felicidad, y entonces el miedo y la culpa nos invade, miedo por lo que pensamos que vendrá y culpa por lo que pensamos que hicimos mal y nos hace sentir indignos de nuestros momentos felices.

Tenemos la mala costumbre de atribuirnos responsabilidades ante determinados eventos, sin tener en cuenta otras explicaciones posibles. Nos gusta ponernos en el ojo del huracán cuando ni siquiera hay huracán. Pero déjame decirte algo, no tienes la culpa de todo, aunque a veces nos gustaría que fuera así, quiero que sepas que no eres tan importante para ser el centro del mundo. Digas lo que digas y hagas lo que hagas, lo que ocurre a tú alrededor no siempre tiene que ver contigo. Asumir la culpa por todo es una manera de autocastigarse, y lo único que lograrás es que la depresión se instale en tu vida.

Qué te parece entonces si empezamos a juzgarnos menos por nuestros errores, si nos perdonamos por lo que pensamos que hicimos o dejamos de hacer, el perdón es un regalo que merecemos darnos, porque nos ayuda a aliviar la carga que nos causa la culpa. Y la única manera de hacerlo es aprendiendo a amarnos, a comprendernos, sólo de esta manera lograremos dar y recibir aquellos que merecemos en nuestra vida.

Por: Graciela Cueto Serrano
Experta en Comunicación y Desarrollo Humano

Facebook: Graciela Cueto en Pláticas de Café

@gracielacuetos