Navidad, Santa, los regalos… y Jesús

Navidad, Santa, los regalos… y Jesús

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Hacer que nuestros hijos esperen o no a Santa Claus, con su carga anual de juguetes, ha sido una inquietud de no pocos padres de familia. Por un lado, la tradición es emocionante. Por otro, sostenerla, implica para todo niño un inevitable desengaño a mediano plazo. Como padres, podemos optar por la fantasía e incluir a Santa, o por la realidad y dejarlo en un cajón. Los que prefieren a Santa hacen mil peripecias para sostener viva la ilusión. Los que no, hacen que sus hijos se enteren temprano de que los regalos que reciben la mañana de Navidad provienen de sus padres, con ayuda de Dios. Personalmente, me confieso partidario de estos últimos, pues sus pequeños, sin ser privados de la feliz expectación, pueden identificar y apreciar la verdadera fuente de la que proviene el bien que reciben.

Ciertamente, la historia original de San Nicolás tiene cierta pero olvidada nobleza. Pero la tradición moderna coloca a Santa, de plano, en el centro de una fiesta hecha para celebrar el amor de Dios en Jesús. Sin querer, Luis Miguel empeora las cosas al cantar: “él sabe de ti, él sabe de mí, él lo sabe todo, no intentes huir: Santa Claus llegó a la ciudad”. Justo ahí, Santa y Jesús se separan. La Biblia, que da a conocer a Jesús, dice que solo Dios lo sabe todo. Toda afirmación distinta, aporta un concepto errático de la divinidad que estorba a nuestra correcta comprensión de Dios, y de cómo Él se relaciona con la humanidad.

Tal confusión hace que veamos a Dios como un Papá Noel: un supervisor que nos evalúa para ver si nos da o nos niega beneficios. La Biblia enseña, en cambio, que Dios nos otorga su perdón y su amor sin costo (a lo que llamamos gracia) y sin condiciones, si confiamos en Él. La idea de un Dios supervisor hace que la gente, cuando ha hecho su parte, se sienta con derecho de exigirle a Dios lo que cree que se merece, lo cual es contrario al favor gratuito y desinteresado de Dios hacia la humanidad, manifestado precisamente en Jesús.

Otro problema, es que Santa no es confiable. Juanito Farías lo cantaba con amargura: “Yo miraba entristecido a mis amigos sonreír, con montones de juguetes que esa noche sí les trajo Santa Claus… pero a mí no”. Y seguía con lágrimas: “fui corriendo hasta mi casa y le dije a mi papá: ¿por qué yo, que soy tan bueno, que me porto como ellos, siempre tengo que jugar con mi viejo caballo de palo?”. Ya eran seis navidades desde que Santa le trajo el último juguete, aunque no se portaba mal. Parece algo menor, pero de esa frustrada justicia brotan dos frutos: aprendemos que para recibir afecto hay que complacer a la autoridad, lo que nos aleja de la naturaleza desinteresada del amor genuino; y también, desconfiamos de nuestros superiores, lo que más adelante termina ensuciando nuestro concepto de Dios.

En Navidad, en cambio, los padres no damos premios, sino regalos. Procuramos alegrar a nuestros hijos con triciclos y muñecas, sin tener en cuenta sus faltas. Lo hacemos por pura gracia, no para pagarles algo, sino por gusto, por puro amor. ¡Qué oportunidad para mostrar a nuestros hijos el gratuito amor del Padre Dios que, como dice la Biblia, no da una piedra al hijo que le pide un pan, ni una serpiente al hijo que le pide un pescado! Jesús enseñó que si nosotros, siendo malos, damos buenas cosas a nuestros hijos, ¡cuánto más se puede esperar del Padre que está en los cielos!

Que esta Navidad, nuestros regalos, ayuden a nuestros hijos a comprender la gracia divina. Que les muestren que Dios, por amor, nos dio el inmerecido regalo de su Hijo Jesucristo para perdonarnos y salvarnos. ¿No es mejor darles, con nuestros regalos, un mensaje de amor puro, desinteresado y real, en lugar de una vana ilusión? ¿No es más provechoso que nuestros hijos aprecien y disfruten el genuino amor de sus padres, y sobre todo, el de Dios? Piénselo: así, al crecer, nuestros hijos sabrán que, como dicen las Escrituras, toda buena dádiva y todo regalo perfecto descienden del cielo, del Padre de las luces, el cual es confiable, pues no cambia con los tiempos. Esa sí que sería una feliz Navidad.

Por: Héctor Urzúa

Pastor de la Iglesia Cristiana Senda de Gracia en Culiacán.

Director de la emisora en línea Dios de Gracia: La Radio de la Biblia.

Twitter: @hectorurzua

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Correo: contacto@hectorurzua.com