Hoy en día, el concepto de la felicidad se define por la adquisición de placer a través de una acción. Dicha ideología se viene promoviendo desde la crisis de la posguerra y, desafortunadamente, al día de hoy sigue instalada en nuestra sociedad. La sociedad del consumo sigue engañándonos con su falsa promesa: Si compras aquello que deseas, te sentirás feliz.

Aunque el problema no radica en la posesión de bienes sino en la insaciabilidad del ser humano. Una vez obtenemos eso que tanto deseábamos nos damos cuenta de que en realidad no nos satisface, por eso sentimos la necesidad de repetir de nuevo el ciclo. De aquí emergen los procesos del consumo compulsivo y totalmente innecesario. A través del acto de comprar intentamos sosegar nuestra ansia, haciendo olvidar que la felicidad se encuentra en otras formas de placer.

En consecuencia de esta mentalidad errónea, la felicidad acaba siendo el resultado del dinero que dispones. Si tienes ropa de marca, te sentirás más valioso y si tienes un coche caro, darás una mejor imagen y te harás respetar. Lo peor de todo esto es que acaba siendo cierto, porque al darle validez a dichas ideas, terminan siendo realidad. De todos modos, te vas dando cuenta que estabas equivocado cuando ha pasado un tiempo desde que adquiriste eso que pensabas que tanto necesitabas y sigues sintiéndote igual de infeliz.

Lo cierto es que el consumismo nos libera de una gran responsabilidad: otorgarle sentido a nuestra vida. Las compras compulsivas se convierten en una vía de escape que nos impide ver más allá de nosotros mismos. Lo que queremos decir con esto, es que es más sencillo pensar en qué vestido comprarnos, que definir si nuestras acciones tienen valor e importancia dentro del mundo.

Uno de los aspectos más alarmantes de las compras compulsivas es que funcionan de la misma manera que cualquier droga. Nos proporcionan una adicción parecida a la que siente un adicto cuando consume esa sustancia que le produce un bienestar momentáneo. Pero hay que saber que las compras compulsivas son propias de aquellas personas que experimentan un vacío interior e intentan llenarse a base de un antídoto temporal y poco eficaz.

Está científicamente comprobado que las personas más felices son aquellas que producen vínculos y relaciones humanas, las más infelices aquellas que buscan la felicidad en los objetos y no en las experiencias. Una experiencia es capaz de remover tu mundo interior y hacerte sentir vivo; las compras, en cambio, tan sólo te proporcionan una experiencia superficial y efímera. Si lo piensas, pocas veces recuerdas el momento en que compraste algo, sueles recordar ese viaje en el que conociste a personas maravillosas, esa situación que tanto te hizo reír o ese beso de amor que tanto esperaste.

Lo que realmente nos proporciona felicidad son esas vivencias que nos vinculan con el mundo y los demás seres vivos. En definitiva, sentirse feliz y realizado es resultado de abrir los ojos y contemplar todo lo que nos rodea, abrazar al mundo y a la vida.

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