La terrible simplificación

La terrible simplificación

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“Enfrentarse, siempre enfrentarse, es el modo de resolver el problema. ¡Enfrentarse a él!”

— Joseph Conrad

Una dificultad es un malestar, o contrariedad menor, que se presenta de manera esporádica, al principio, y por ello no le damos la atención debida. Tal sería el caso, por ejemplo, de una acidez estomacal que —de no atenderse— podría llegar a convertirse en úlcera gástrica; entonces pasará de ser una dificultad a convertirse en un problema, grave, por cierto. La dificultad es como “la piedra en el zapato que no mata, pero duele”, y por no cuidarse, esa piedra llegará a producir una herida, una infección y, de pronto, ya estás en problemas.

La distinción a nivel de teoría es interesante; pero cuando interviene nuestro ego, con sus interpretaciones y paradigmas, es cuando podemos caer en la “terrible simplificación”, que es como auto-engañarse, auto-convencerse de que no pasa nada… ¡hasta que pasa! —porque para entonces ya tomó la categoría de problema. En resumen, simplificar en demasía es una estrategia del ego que suele convertir las dificultades en problemas, mediante argumentos evasivos. En este caso se incluyen todas las negaciones en general. Es el estar pasándola mal, pero auto-engañarse con lo típico de: “a mí no me pasa nada, esto lo soluciono cuando yo quiera, no es para tanto, yo no tengo ningún problema, no hay mal que dure cien años”.

Sucede que, cuando se confunde un problema con una dificultad, se corre el riesgo de no ver el problema, o no considerarlo como tal, y no se busca la ayuda que hace falta; así, se seguirá viviendo en una mala y riesgosa situación.

No voy a hablar de problemas, como el alcoholismo o la anorexia, que son enfermedades que el doliente niega como norma general. Me refiero a esas, no tan pequeñas cosas, que hacen sufrir, y que por no darles la importancia que merecen, se sigue en un ambiente de fastidio durante mucho tiempo.

Lo que sucede con la “terrible simplificación” es que posponemos las soluciones de fondo o parchamos las dificultades; incluso caemos en cambios cosméticos que son como cambiar de forma, pero no de fondo —auto-engañándonos de mil maneras— hasta que se convierten en problemas agudos, a veces sin retorno fácil. Así de tramposo es el ego.

Un cambio cosmético, valga la simplicidad del ejemplo, es estar frente a la dificultad de una tos leve de fumador, añadida a las recomendaciones médicas de dejar el tabaco, y como “remedio” cambiar a cigarrillos light.

Se viene a mi memoria el caso de un amigo que llegó tarde a nuestra sesión, y se disculpó diciendo que venía de con el doctor, quien le había recomendado que dejase de tomar alcohol. Mi amigo me dijo: —Llegué tarde, pues estaba negociando con el doctor. —No creo que hayan sido los honorarios, —le dije. —No, —respondió él, —lo convencí de que me dejase tomar cerveza en vez de licor. Pero se tomaba muchas y terminaba igual de embriagado, y seguía enfermo. Esto es lo que se conoce como “cambio cosmético”, que es como cambiarle, pero sin cambiar realmente.

“La mayoría de las personas gastan más tiempo y energías en hablar de los problemas que en afrontarlos.”

— Henry Ford

Por: Manuel Sañudo Gastélum

Coach y Consultor

manuel@entusiastika.com

DR © Rubén Manuel Sañudo Gastélum

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