Entusiástika: La ira

Entusiástika: La ira

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“Aferrarte a la ira es como agarrar un carbón caliente con la intención de tirárselo a otra persona; tu eres quien termina quemado.”

—Buda

Los budistas dicen que la ira es uno de los venenos capitales que amenazan constantemente al hombre. La ira es una ponzoña que se gesta en la mente y que, de no hacer algo al respecto, seguramente dañará nuestro ser en todos los aspectos.

La ira, o enojo, es una emoción humana totalmente normal y, por lo general, saludable. Recalco que es una pasión humana pues, aunque no acostumbramos verlo así, los animales no se enojan. Se defienden, lanzan gruñidos y matan a sus presas, pero no se enfurecen. Tal parece que sí lo hacen, pero es un reflejo defensivo, o de ataque, nacido de sus instintos. De hecho, ellos no maquinan la venganza, ni guardan rencores.

Todos hemos sentido el enojo o sufrido el de otros varias veces en la vida, seguramente muchas más de las que quisiéramos admitir; haya sido de manera momentánea o como un ataque total de ira. Desgraciadamente, el enojo, en todas sus manifestaciones, está cada vez más incrustado en la vida de todos nosotros, en el día con día; desde asuntos menores sin importancia, hasta horribles sucesos de gravedad extrema como los asesinatos, las guerras y otras calamidades producidas por la humanidad… Tan deshumanizada como está.

Cuando perdemos el control de esta emoción, y se vuelve destructora, puede causar graves problemas en el trabajo, las relaciones personales y en la salud corporal y anímica, pues está acompañada de cambios psicológicos y biológicos. Cuando nos enojamos, la frecuencia cardíaca y la presión arterial se elevan y lo mismo sucede con el nivel de energía y adrenalina. La ira genera toda una revolución química al interior de nuestro cuerpo y, de paso, el ánimo se altera obstruyendo las relaciones interpersonales.

La ira puede originarse por agentes externos o internos. Podemos enojarnos con una persona en particular (un compañero de trabajo, por ejemplo) o por algo sucedido (una obstrucción de tráfico, pongamos por caso) o puede ser causado por pensamientos negativos que gravitan en nuestra mente, lo que es peor aún. En términos generales, la ira se presenta porque las cosas o personas no son o no actúan como quisiéramos que lo hicieran. Es la diferencia entre lo que queremos que sea y lo que es, y la mayoría de las veces no lo decimos con claridad, entonces la rabia explota por cualquier detonante que prenda la mecha del enojo.

Hace unos días me habló por teléfono una persona y se quejó de que su pareja le había hecho un escándalo mayúsculo “porque el boiler de agua no funcionaba”. Le pregunté: ¿será esa la razón verdadera y última de su enojo?, ¿no habrá algo, detrás, que le esté molestando, y lo del boiler haya sido la gota que derramó el vaso? Le recomendé que, pasado el enojo, intentara dialogar y averiguar el fondo de donde nació la explosión de ira, pues lo más seguro es que su pareja estuviese enfadada, obviamente, por algo más “importante” que un aparato descompuesto.

Lo que nos sucede es que no manejamos adecuadamente la ira. Pues, como emoción que es, hay que saberla manejar antes de que se convierta en furia incontrolable; y esto sucede cuando reprimimos, por demasiado tiempo, el sentimiento del disgusto.

Es decir, que hay que aprender a manejar el coraje, a expresar los sentimientos con firmeza, pero sin agresividad, que es la manera más sana de expresar el enojo. Hay que aprender cómo dejar en claro cuales son nuestras necesidades y expectativas, y cómo realizarlas sin lastimar a otros. Ser firme no significa ser prepotente ni exigente, significa respetarse a sí mismo y a los demás. Ni la sumisión total que haga que la emoción se cohíba en exceso, ni la explosión agresiva y desbordada que nos lleve a problemas sociales y conductuales. Eso es la asertividad: el justo medio.

En últimas, hay que añadir el poder del perdón: de dispensar al otro —y a los sucesos que nos rodean— porque no son como quisiésemos que fueran. Las personas y las cosas son como son, y muchas veces no tenemos el poder de cambiarlas para nada así que, ¿para qué sufrir y enojarse por ello?

Por: Manuel Sañudo Gastélum


Coach y Consultor

manuel@entusiastika.com

DR © Rubén Manuel Sañudo Gastélum

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