El origen y descubrimiento de la mexicanidad, la mítica Aztlán

El origen y descubrimiento de la mexicanidad, la mítica Aztlán

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Para cuando este escrito llegue a las calles seguramente ya tendremos un presidente electo en una de las más difíciles contiendas electorales de México y esta situación me lleva a pensar ¿cómo se ha creado esta mexicanidad de valores promiscuos y falta de memoria colectiva?

Esta pregunta me recordó la búsqueda de evidencia que nos transportara a suponer que de esta pequeña porción de tierra salieron los mexi­cas a fundar la gran Tenochtitlán, me llevó a empacar cámara y formarme una gran expectativa por descubrir nuestros oríge­nes ancestrales que como mexicanos nos pudiéramos identificar con el propósito de responder a tantas cuestiones que en nuestra difícil actualidad nos planteamos.

El primer encuentro con la cercanía de la isla nos fue inusitada, escasez de turis­tas en un lugar que místicamente nos me­rece respeto, nos pareció un tanto inusual. Al charlar con los pescadores nos fuimos dando cuenta de la buena hospitalidad de los lugareños que siempre se mostraron atentos, dispuestos y sonrientes a nuestra cámara.

La isla es muy conocida por su pesca de camarón como principal actividad eco­nómica; se pude ver entre sus callejones a las señoras haciendo pescado tatema­do –como ellos le llaman– y artesanías con palma.

La mítica Aztlán se ve deslavada en nuestro encuentro con Mexcaltitán, pues el pueblo a más de los 200 años de inde­pendencia se encuentra en una situación casi de olvi­do, descuido y misterio, por sus calles se escucha hablar a los pescadores de la difícil situación económica por la veda de su principal fuente de ingresos, el cama­rón y de la voracidad con la que grandes embarcaciones llegan a sus esteros por el preciado crustáceo.

Recorrer sus calles es adentrarse en un mosaico muy difícil de describir con pala­bras. Se hace complejo descubrir aquello que me trajo aquí, se pierde ese estímulo por encontrar la cuna de los mexicanos.

Su principal atractivo se sitúa una vez más en el misterio y el interés turístico, pues su urbanidad está construida a la semejanza de la gran Tenochtitlán, dos calles circulares y una plaza al centro nos hace recordar aquella maqueta que se aloja en el Museo del Templo Mayor en la Ciudad de México.

Lo único que pude encontrar como indicio de la cultura ancestral, es ese cal­do con un sabor a tamal llamado “testihuil”, que se dice, es desde el tiempo de los az­tecas. Lleva maza de maíz y camarón con una textura de atole o mole de olla.

Sus habitantes poco saben del mito que se relaciona con su pueblo y existen ver­siones encontradas y diferentes formas de interpretarlas, desde las más román­ticas, absurdas y las más objetivas, entre pláticas me construyo mi propia opinión, a una idea que no me quería formular… En una pequeña isla se puede resumir que la realidad de la mexicanidad se proyecta para todo el país como reflejo de la ley de Herodes.

Mi viaje se resume en estas imá­genes de los mexicanos que encontré por sus calles, ancianos, niños y familias enteras; en sus rostros buscamos encon­trar ese origen, esa realidad que nos uniera y nos proporcionara identidad, que pese a todo nos recuerdan que la situación no ha cambiado del todo para ellos ni para to­dos nosotros.

¿Encuentras en estos mexicanos

tu identidad?