Una de las cosas que despiertan la ansiedad de las personas es la espera; con la llegada de la era digital la espera se ha convertido en un gran problema que incluso incrementa los estados de ansiedad pues se ha perdido la magia que tuvimos en el pasado donde sabíamos que la espera era parte de la vida. Recuerdo siendo pequeña cuanto fallaba la corriente eléctrica por causa de tormentas y lluvias, obligadamente durante muchas tardes/noches de verano, se cernía aquella obscuridad que primero se convertía en adrenalina pura para después converger como familia en una zona de la casa con un poquito de luz de luna o de luz de vela, olvidándonos por completo de la televisión.

Era ese momento donde después de correr empezaban los gritos de la célebre frase: “¡Se fue la luz!”, buscándonos unos a otros y contando a todos los integrantes, entonces familias numerosas –nosotros fuimos seis hermanos–, para saber que estábamos juntos y a salvo. Y de ahí el inicio de las risas, los comentarios, pasando por último a los relatos y cuentos, tanto familiares como de fantasía, de nuestros papas. Cuando la luz regresaba queríamos permanecer en la narrativa motivada por el velo de no vernos las caras y dejar correr la imaginación de cada palabra.

Otro recuerdo de dulce espera fue cuando tuve mi primera cámara fotográfica, era planear cada foto, encontrar el evento especial y después el tiempo que esperaría para poder ver los resultados, las caras, los gestos, revivir aquel momento que ahora impreso y revelado me daba alegría y me traía especiales recuerdos. Hoy las fotos son tan rápidas que dejamos de disfrutarlas, de embelesarnos con su significado, es una vista rápida porque viene otra y otra, y deseamos después de cada click ver cómo salió a imagen.

No es que sea bueno o malo, es que se ha perdido el encanto de esperar, de observar, de reflexionar y hasta de meditar sobre lo que el momento justo presente nos ofrece. Incluso estar inactivo pareciera un problema, cuando en el aburrimiento se redescubre la vida y a sí mismo. No es obligatoria la actividad constante y arrebatada que nos consume actualmente cayendo incluso en el lado opuesto, donde el cansancio casi nos tumba vestidos en la cama o el cuerpo mejor nos enferma para ponernos en paz.

Es importante descubrir que toda espera es un tiempo regalado y no perdido, curiosamente, aunque a nuestro equipo sensorial lo hayamos adaptado al tiempo acelerado que vivimos hoy en día, los sentimientos aún conservan su lentitud. No dejamos de ser humanos –aunque parezca–, generamos defensas contra la angustia de la rapidez, por eso no podemos liberarnos de la lentitud, lo que explica el auge de fenómenos como la meditación, el yoga o el tai chi.

Pero, ¿qué sucede cuando no hacemos nada? ¿Porqué estar sin acción se considera algo tonto o improductivo? El ser humano busca por naturaleza su seguridad, asusta la inactividad, pero se necesita dejar a un lado el miedo y abrir espacio para que pase lo maravilloso: la fruta necesita tiempo para madurar, la mariposa en su capullo se gesta con el tiempo, la gestación dura meses para dar vida, la pubertad se presenta para dejar atrás el ser niño y abrir camino al adulto, todo ello se da con el tiempo y la espera.

En filosofía se habla mucho del tiempo, pero poco de la espera, de la mágica espera; quizá el problema de la espera es que suele llevar a hablar con uno mismo, y eso, siempre da miedo. Aquel que da tiempo de espera para su despertar, aquel que sabe esperar, tiene más oportunidad de ser y de estar más cerca de la realidad y de la paz.

Omitamos de la vida actual tanta prisa y aprendamos a esperar y sobre todo enseñemos a esperar a los pequeños, les estaremos evitando en un futuro cercano: estados de ansiedad, uso de antidepresivos, agresividad y hasta en desgarradores casos el suicidio, desgraciadamente es la cruda realidad. Un buen tema para analizar a fondo. Que tengan un excelente y amoroso mes de mayo.

Namaste.

Por: Paty Maytorena

Yoga Master

patymaytorena@hotmail.com

Cel. 667 751 2884

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