El día del (verdadero) amor

El día del (verdadero) amor

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Amor. Pocas cosas son mayores a este anhelo de nuestros corazones. Un bien tan deseado, que hay un día del año dedicado exprofeso al amor: el 14 de febrero, marcado en nuestros calendarios como día de San Valentín.

Pero, ¿quién es este Valentín? La historia nos lleva al imperio romano, en días del emperador Claudio II. Era el año 270 d.C., Valentín, un servidor de Dios, casaba secretamente a los soldados convertidos al cristianismo que amaban a sus mujeres, a pesar de que el imperio les había impuesto la obligación de no tomar mujer para que se ocuparan sin distracciones de su trabajo en el campo de batalla.

La sola disposición de este hombre para unir parejas a pesar de las restricciones oficiales sería suficientemente relevante y romántica para hacer de Valentín un ícono o emblema histórico del amor. Pero si revisamos con mayor cuidado, podemos encontrar en su historia un rasgo aún más profundo acerca del amor. Llamado a comparecer ante las autoridades, Valentín logró conmover profundamente el corazón del emperador con el siguiente discurso:

“¿Quiere, señor, ser feliz? ¿Desea usted que su imperio florezca y no temer más de sus enemigos? ¿Quiere también hacer feliz a su pueblo, y asegurar para usted mismo una eterna felicidad? Entonces, le animo a creer en el Señor Jesucristo, a sujetar a su imperio a las leyes divinas, y a recibir el bautismo. Así como no hay otro Dios que el Dios de los cristianos, así tampoco hay que esperar salvación eterna sin la fe en Jesucristo. No señor, fuera de la fe cristiana no hay salvación”.

Sacudido por estas palabras, el emperador expresó:

“Es necesario confesar que este hombre nos dice muy bellas cosas, y que la doctrina que enseña tiene un aire de verdad que hace difícil resistirse a ella”.

Al oírlo, el prefecto de la ciudad se escandalizó y comenzó a gritar:

“¿No ven cómo este encantador de Valentín ha engañado a nuestro príncipe? ¿Abandonaremos a los dioses de nuestros padres? ¿Dejaremos la fe que mamamos con la leche, y en la que nos criamos desde la cuna, con tal de abrazar una secta oscura, incomprensible y desconocida?”.

Al oír los gritos del prefecto, el emperador temió algún tumulto. Y haciendo más caso de su miedo que de la gracia interior que le animaba fuertemente a abrazar la fe, sacrificó su propio bienestar eterno ante el inútil respeto de la gente. Y en lugar de entregarse a Cristo, puso a Valentín en manos del prefecto, quien lo metió a la cárcel para llevarlo luego a juicio. En un gesto de lo más noble, Valentín todavía oró por una hija del juez que estaba muy enferma, y ésta fue sanada. Y aunque fue declarado inocente, terminó siendo decapitado por el temor de las autoridades a la indignación con la que otros hombres poderosos y del pueblo pudieran responder a su mensaje.

Valentín se convirtió así en un mártir. Pero se puede inferir que, más que por su decisión de unir en matrimonio a los soldados que amaban a sus mujeres, él fue llevado a la muerte por su inquebrantable y amoroso compromiso de proclamar a la humanidad un amor infinitamente más grande, valioso y trascendente: el inmerecido e incondicional amor de Dios. El único amor verdadero y eterno.

“En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros”. (La Biblia, Primera Carta del Apóstol Juan, capítulo 3, versículo 16).

“Casi nadie se ofrecería a morir por una persona honrada, aunque tal vez alguien podría estar dispuesto a dar su vida por una persona extraordinariamente buena. Pero Dios mostró el gran amor que nos tiene al enviar a Cristo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores”. (La Biblia, Primera Carta del Apóstol Pablo a los Romanos, capítulo 5, versículos 7 y 8).

Por: Héctor Urzúa

Pastor de la Iglesia Cristiana Senda de Gracia en Culiacán.

Director de la emisora en línea Dios de Gracia: La Radio de la Biblia.

@hectorurzua

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